El cobrador es mal visto en la sociedad, uno piensa que es insensible, que no le importa la persona que tiene enfrente, que hace un trabajo desleal que perjudica al otro, y muchos piensa que el cobrador goza cuando hace sufrir a su deudor. Parece que es cierto. Fíjense lo que dice este artículo que trata el tema sobre lo que se percibe, lo que es el cobrador y lo que debería ser y hacer. Espero les sea interesante.

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El imaginario colectivo piensa que un cobrador goza cuando tiene a su deudor acorralado, cuando no lo deja tranquilo, cuando lo obliga a organizarse para cumplir con su compromiso de pago, cuando lo hace sufrir y no le informa que SIEMPRE es factible refinanciar la deuda y solo depende de su voluntad hacerlo o iniciar juicio, cuando le agrega a la deuda intereses y gastos, el deudor no le pide rebaja y le cobra todo hasta el último centavo, cuando llama al trabajo para hacer quedar mal al deudor, cuando llama a la casa del deudor para reclamar el pago de "ese"televisor que nunca fue allí, cuando tiene enfrente una hermosa muchacha pidiéndole por favor clemencia y se siente con el poder de Nerón subiendo o bajando el pulgar a su libre arbitrio, cuando se entera que el deudor vendió (tuvo que desprenderse) el Di Tella 1500 del año 61 hecho un chiche para pagar la deuda, etc, etc.,
etc.

Es cierto, hay un poco de maldad en cada cobrador, un poco de "vengador anónimo" que trata de "torturar" a quien se comprometió a algo y no lo cumplió. Gozan.

Es cierto, hay una necesidad de poder en muchos cobradores que cubren su propia inseguridad simplemente diciendo que no a la oferta desesperada del deudor. Solo para hacerlo sufrir y "que quede claro quien manda". Gozan.

Es cierto, hay un poco de locura en cada cobrador que le hace pensar que todas las deudas se cobran y que solo hay que insistir incansablemente para lograrlo. Gozan.

Es cierto, lo que para algunos es un trabajo "sucio" para otros es una profesión cada vez mas prestigiosa y necesaria como una partera en un pueblo sin televisión. Gozan.

Pero si hablamos de maldad, poder, locura y partos, pero principalmente de goce, no puedo olvidarme de la historia de un cobrador que llamaba a su deudor, le pedía imperiosamente una reunión, le advertía lo importante que era asistir a la cita para regularizar la situación, le comunicaba los costos y consecuencias de no arreglar y además le avisaba de los beneficios que tenia pagar o por lo menos acordar la forma de hacerlo. Todo bien, salvo que lo citaba en un Bar de San Martín y Corrientes y él iba al que estaba en
Pueyrredon y Córdoba.

Tanto uno como el otro se esperaban, se buscaban, se deseaban porque para ambos, deudor y cobrador era importantísimo arreglar esa mora. Luego de esa espera infructuosa y desalentadora de 2 o 3 horas, ilusionándose que cada persona que ingresaba al Bar era su cita, ambos con los brazos caídos, preocupados y nerviosos volvían a su domicilio.

Al día siguiente el cobrador volvía a llamar a su deudor y volvía a arengar sobre la necesidad de encontrarse, conviniéndose una nueva cita en el Bar de Callao y Corrientes, donde el deudor acudía ilusionado, a la hora señalada, demoraba pedir un café porque "ya viene otra persona a  acompañarme". Por supuesto totalmente inútil porque el cobrador iba a la puerta del Mercado de Frutas del Tigre, observando cada auto que ingresaba si era el deudor tan esperado.

Y asi estaban horas esperándose, buscándose y deseándose, tanto el deudor en un lugar como el acreedor en el otro consultaban a quienes estaban cerca si habían visto a alguien esperando, y estaban dos o tres horas seguidas sin siquiera ir al baño mas cercano por si se escapaba la oportunidad de encontrarse.

En otras siguientes oportunidades se citaron en la Av. Rivadavia entre el 4200 y 5.500 de la vereda par, un sábado a las 11 de la mañana y el deudor recorría esa vereda observando a cada persona que cruzaba pensando que lo iba a abordar y se iba a presentar. Sin saber a ciencia cierta si no lo encontraba porque había pasado la hora o porque se lo había cruzado y no sabía. Esto era imposible porque el cobrador a las 11 hs estaba ese día dando vueltas alrededor de Plaza Italia, en auto, o sea que trataba de ver a cada persona que estaba en la plaza mientras cuidaba de no chocar con los autos y colectivos que se cruzaban y con la duda que cuando atendía el tránsito se le pasara el deudor sin verlo y daba una nueva vuelta para reparar esa distracción.

Siempre cada desencuentro era seguido luego con un nuevo llamado invocando la necesidad de encontrarse y llegar a un acuerdo concertando una nueva cita, las que llegaron a ser en la cancha de Boca un domingo de superclásico, en la estación Constitución a las 6 de la tarde un jueves sin especificar Ferrocarril y mucho menos anden, en el shopping de Corrientes y Agüero un viernes a la noche sin especificar puerta, cine o piso, etc.

En fin, la historia de este deudor y cobrador buscándose frenéticamente y volviendo a sus casas desesperanzados, amargados y tensos duró bastante, casi siete meses en los cuales solo se encontraron 4 veces, de las cuales solo dos son válidas y circunstanciales porque en las otras el cobrador hizo trampa.

Pero esas dos veces válidas que se encontraron, esas dos veces únicas que casualmente se reunieron, se abrazaron hasta las lágrimas del goce de verse, tocarse, sentirse, se miraron un largo rato antes de pronunciar palabra, se entregaron a una negociación realmente cooperativa logrando avanzar en la solución que pueda servirle a ambos y principalmente juraron seguir
buscándose toda la vida. El cobrador gozó cobrando. En realidad gozaron ambos. Quizás la situación ideal en donde ambas partes comprenden que se necesitan.

Este artículo está basado en "Dos Almas" de mi hermano Luis, cuyas notas pueden leerlas en www.luisbuero.com.ar. Hasta pronto.