Normalmente cuando una persona acude al médico, bien sea en asistencia primaria o por vías de urgencias, lo que se quiere y pretende es que le administren lo necesario para que el dolor que posee en su cuerpo se retire con rapidez. Esto es algo que cualquier profesional de la salud conoce a la perfección, y obviamente se atiende a ello en virtud de la sintomatología presentada. Luego, a posterior, tanto el paciente como el doctor, tras calmarse el dolor o extinguirse el mismo, se procede a la solvencia de las causas que han producido o mantienen la enfermedad en acción hasta eliminarla por completo.

En la mayor parte de las ocasiones ambas circunstancias se consiguen convirtiéndose el médico en sanador al mismo tiempo. Llegado ese instante, las dos partes quedan bien satisfechas, uno por recuperar su vigor y salud, y el otro por haber sabido aplicar sus conocimientos y experiencia en el fin concreto.

No obstante en otras ocasiones, pese a solucionar el problema, con posterioridad se repite. Es algo evidente que no se puede negar. Existe este tema. Se manifiesta de continuo. Es como llegar a un incendio apagando sus llamas hasta sofocarlas y procurar la extinción total, no obstante, a veces permanecen rescoldos que están lo suficientemente escondidos y mantienen su incandescencia a la espera de que pueda avivarse de nuevo provocando otro desastre.

Algo similar, podría ocurrir a aquellos que nos dedicamos a la motivación en cualquiera de sus facetas y ámbitos. El espectador o el escuchante, o el que recibe el seminario, la conferencia o el curso o el entrenamiento concreto, espera que le demos la medicina adecuada para solventar, que no paliar, aquellas expectativas en las que anunciamos nuestras propuestas. Sí, he dicho bien al mencionar solventar. Hacer esto, es ofrecer los datos vitales y la forma de ponerlos en práctica para que se llegue al fin que se pretende.

Eso, bajo mi punto de vista es lo que tenemos que hacer con el mayor de los ahíncos, esfuerzos, honradez y eficacia. Hacer esto, es darles lo que buscan. Y si lo buscan en nosotros, es porque aseguramos tenerlo. Ellos/as llegan solícitos y expectantes.

Nosotros estamos desde el púlpito transmitiendo lo mejor posible aquello que sabemos por experiencia que funciona si se pone en práctica como anunciamos. Ellos/as esperan que no sólo aliviemos el fuego en el que están inmersos, sino que lo apaguemos y lo sofoquemos no sólo con palabras que eleven su autoestima, sino con matices que perfilen soluciones viables a corto y medio plazo. Pero hagamos lo que hagamos, o digamos lo que digamos, la cuestión es que esto es una situación que compete a dos partes, una que comunica, otra que recibe; una que manifiesta el camino viable, otra que debe procurar tomarlo y, al menos probarlo a ver que resultados le ofrece

No pretendo hacer una crítica de nadie, sólo plantear algo. He asistido a algunos eventos donde quien enuncia, deja una sensación de vacío. Sus palabras e ideas están por regla general carentes de sustento, o se amparan en frases grandilocuentes no propias que pronuncia con exageración. Por regla general lo que se ofrece o se ha vendido, es humo.

Al final, se sale de allí con una pequeña venda que sólo retiene el fluido del descosido, pero no más. Luego, todo sigue igual. La autoestima ha subido un poco, para volver a sus niveles normales en el mejor de los caso, sino se llega a cotas más bajas.

Algo similar ocurre con esas versiones escritas que personalmente he leído, y de las que alguna cuestión positiva siempre se obtiene, pero que por regla general, cuando se llega al final de las doscientas y largas páginas se tiene la sensación de no saber por donde hay que empezar a paliar para solventar. Por tanto, creo que lo mejor no sólo es ser un buen médico, sino un excelente sanador. Ellos no sólo lo agradecerán, sino que lo recompensarán de formas que no podemos imaginar.