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LA CIUDAD DEL AMOR
- By José Luis Marín Almellones
- Published 05/18/2007
- Motivacion
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José Luis Marín Almellones
Conferencista Motivacional
http://www.especialistas.de/marin.htm
View all articles by José Luis Marín AlmellonesLA CIUDAD DEL AMOR
Las hordas brutales de un rey iracundo avanzaban a marchas forzadas hacia la ciudad del Amor. El escuadrón de exploradores de campaña que habían enviado en su búsqueda, tardó varios años en localizar el emplazamiento. De los cincuenta hombres que formaban aquella misión, tan sólo consiguieron regresar dos. El informe que ofrecieron contenía detalladamente los pormenores de las maravillas y tesoros que existían en aquel lugar y de lo difícil que les resultó no ser contagiados con aquel ambiente embriagador donde la fiesta era continua, la alegría manifiesta, el júbilo perenne, y la serenidad era la tónica que reinaba en cada esquina.
Una de las cosas más sorprendentes era que tal lugar estaba situado en medio de un grandísimo valle donde crecía multitud de cultivos. Las plantaciones de cereales eran incontables, así como los inmensos campos repletos de árboles frutales de todo tipo. Pero lo que no llegaba a entender el rey de los impíos es que la ciudad no se encontraba en el alto de una inaccesible montaña, ni en los riscos de un acantilado imposible de conquistar. La ciudad simplemente estaba estacionada en el centro de todo aquel vergel descrito. La fortificación la constituida una muralla de unos dos metros de altura, algo sin mayor importancia que sin duda sería destruida por sus máquinas de guerra y asaltada por sus hombres de un simple salto. Lo curioso era el tremendo foso que la circunvalaba de más de diez metros de anchura. La profundidad se desconocía, pero no sería problema. Construirían puentes sobre los que pasar o instalar las torres de asalto.
Aunque lo que más le sorprendía es que la única entrada fuese una puerta de doble hoja de madera que siempre permanecía abierta y a la que se accedía mediante el típico puente levadizo que al parecer jamás se movía dado que al llegar la noche simplemente cerraban el portón sin mayor atranque que el de una viga cruzada en su parte posterior.
Sería pan comido esa batalla y la conquista de tan desprotegida ciudadela. Ahora, él conseguiría ser el señor de la ciudad del Amor, único reino que se le escapaba a sus dominios.
El día llegó. Las tropas destructoras asomaron por todas direcciones rodeando la ciudad del Amor. Primero se envió un bando exigiendo la rendición sin condiciones y la entrega de las llaves de la ciudad a riesgo de ser tomada por la fuerza y sin misericordia.
De lo contrario y posteriormente ningún derecho o privilegio sería respetado a los ciudadanos de la misma. Todos morirían. La respuesta no se hizo de esperar. “No nos resistiremos ni lucharemos, pero no nos rendimos, entrad si podéis”.
Entonces, el Rey de la Codicia, Duque de la Envidia y la Altanería, Marqués de la Iniquidad y laIinmundicia, Conde de la Hipocresía y la Tergiversación, y Señor de la Mentira y la Falsedad ante tan absurda respuesta montó en cólera y ordenó un ataque descomunal. Su orden fue: Arrasarlo y quemarlo todo, que no quede nada ni nadie con vida para que jamás se vuelva a hablar de esta ciudad.
Los ejércitos, sus armas y máquinas de combate no consiguieron hacer rasguño alguno. Al intentar cruzar el foso de la sinceridad comprobaron que sus pulmones se ahogaban con los vapores que desprendían las aguas, los puentes que quisieron instalar literalmente ardían al contacto con tales gases. Las piedras y flechas lanzadas tropezaban en el muro invisible de la integridad, la fidelidad y la lealtad. Y el ataque frontal y desesperado con un ariete de cien toneladas contra la puerta de la Honradez no consiguió moverla ni un sólo milímetro. El asedio de años no consiguió ningún resultado, salvo el de desesperación y la desolación moral y física de los atacantes que se retiraron el día que su jefe murió de un ataque de rabia incontrolada.
Luego, la puerta se volvió a abrir, y sus habitantes como si nada hubiera pasado, continuaron sus vidas.

