El otro día un cliente me planteaba su conflicto para que su socio lo entendiera.

El, desde hacía ya un tiempo, trataba de que se diera cuenta de tal o cual cosa que debería hacer ya que favorecería a la performance de la empresa (sociedad).

"Es inútil mi esfuerzo, no me entiende, parece que le hablo a la pared" me decía poniendo cara de circunstancia.

Después de un rato de monólogo referido al socio (inexistente en la reunión), le pregunté cómo se sentía. El jóven, algo extrañado, me miró y me respondió que con la inacción de su socio no podía sentirse bien, se sentía muy mal. "La empresa está en serias dificultades", me comentaba ya con cara seria y dramática.

Lo invité a hacer un pequeño juego. El mismo tomaría el lugar de su socio utilizando una silla que estaba vacía. Muy sorprendido comenzó el juego y al tocarle interpretar el rol de socio que escuchaba sus reclamos, críticas y directivas, inconcientemente soltó un largo bufido. Dimos por terminado el juego

Al volver a sentarse, me dijo: "Bueno, ya está, y ahora qué puedo hacer".

Empezamos a hablar de él y de su actividad en su empresa.

Aceptar al otro implica aceptarse a uno mismo. Cuando ponemos todo en algo o alguien no somos protagonistas de nuestra "aventura de vida". Esto nos permite recriminarle al otro cuando las cosas no salen como se esperaba, pero no nos evita la angustia, en este caso por la situación de la empresa.

Después de un par de reuniones, mi cliente comenzó a hacer aquellas cosas que no estaba haciendo, supuestamente, porque el socio no lo entendía.

Sería mejor no tratar de entender ni esforzarnos para que nos entiendan. A lo mejor, de esa manera, podemos lograr aceptar que el otro es el otro, un ser tan único e irrepetible como nosotros mismos.