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Más sobre el sistema de Dirección por Objetivos
- By Jose Enebral Fernandez
- Published 07/24/2007
- Alta Gerencia
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Jose Enebral Fernandez
Consultor de Management y Recursos Humanos, el ingeniero madrileño José Enebral colabora desde hace años con diferentes medios impresos españoles y americanos (Capital Humano, Training & Development Digest, Nueva Empresa, Learning Review, Coaching Magazine...). Pronuncia además frecuentes conferencias en diferentes países, abordando temas como la intuición en la empresa, la calidad de vida en el trabajo, el aprendizaje permanente o la Sociedad de la Información
Temas: management
País de residencia: España.
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Aunque con problemas en la
aplicación, la doctrina de la Dirección por Objetivos parece seguir viva y
lozana cincuenta años después, superando las frecuentes críticas que se le
dirigen. Todos, y especialmente en la emergente economía del saber y el innovar,
hemos de conseguir resultados en nuestro desempeño profesional, y a ello apunta
el sistema; un sistema criticado por deficiencias en la aplicación y falta de
adaptación a la realidad de cada empresa, aspectos en que seguramente hemos de
mejorar. Pero asimismo se crítica la DpO para justificar la introducción de
nuevas propuestas, a veces de complicada intelección.
Todas las novedades positivas han de ser bienvenidas, pero resultan ciertamente
llamativos algunos sistemas de dirección de personas que, sin abandonar la
persistente etiqueta del liderazgo, se adhieren como talismán a la fórmula
“Dirección por...”, tal vez queriendo heredar los beneficios que, para
consultoras y escuelas de negocios, supuso la Dirección por Objetivos. Bueno es,
desde luego y por ejemplo, que compartamos idóneos valores y practiquemos buenos
hábitos, pero creo que vamos cada día a la oficina (en general, al puesto de
trabajo) a trabajar, para generar resultados empresariales: sin rechazar lo
positivo de otros postulados, este articulista considera vigente la DpO y se
pregunta, en efecto, cómo aplicarla mejor.
Ha habido ciertamente intentos de superar las dificultades; pero en algunos
casos, más que apuntar a una clarificación de las nuevas realidades en la
empresa o proporcionar pistas para una idónea formulación de objetivos, las
iniciativas se han presentado como nuevos sistemas alternativos o
complementarios :la Dirección por Valores (DpV), la Dirección por Hábitos (DpH)…
A mí, al final de los años 90 y tras leer el libro de Blanchard, me pareció, por
ejemplo, que la DpV venía a facilitar la toma de decisiones, pero en modo alguno
a cuestionar la DpO; sin embargo, no he sabido interpretar la DpH, que sí parece
criticar abiertamente la DpO, con argumentos diversos, algunos de los cuales me
han parecido falaces.
Quizá ustedes puedan interpretar la DpH: “Los retos de la DpH (Dirección por
Hábitos) son dos: definir cuáles son los hábitos que convienen a las personas, y
mostrar los senderos para lograrlos. En este sentido estricto, el trabajo
consiste en que la persona conquiste la verdad de sí misma en sus acciones, y,
paralelamente, el bien pleno para sí misma, con su conducta: vivir la verdad
sobre el bien realizado en cada acto, y la realización del bien subordinado a la
verdad sobre su propio ser”. Se trata de un párrafo de M. A. Alcalá,
recogido, junto a otras perlas, en el libro “Dirección por Hábitos”, editado por
Élogos Conocimiento.
Me ha parecido en efecto encontrar más de un delirio en el libro y, sobre todo,
argumentos muy discutibles en la crítica a la DpO: “La dirección por
objetivos reduce al obrero a una herramienta viviente, con esquemas de Bonos
diferenciales para inducirle a emplear hasta la última onza de energía”.
(Sosteniendo esta idea, las autoras del libro, Sandra Díaz y Marián García,
consultoras de Élogos, añaden inmediatamente: “No podemos sino rechazar una
forma de gobierno que no ve al ser humano como integral”). Se trata, como he
señalado otras veces, de una frase traducida del inglés (…the reduction of the
workman to a living tool, with differential bonus schemes to induce him to
expend his last ounce of energy…), escrita a principios del siglo XX por Edward
Cadbury, y que en absoluto se podía referir a la DpO, sistema que aparecería
varias décadas después: se refería al taylorismo. (Intenté obtener alguna
aclaración de este argumento antes de publicar ningún artículo, pero no la
recibí; por tanto no sé si se trata de impericia en esta materia, o de un
intento de confundir al lector).
De una parte habríamos entonces de mejorar la aplicación del sistema, y de otra
observar con cuidado las soluciones mejoradas que se nos ofrecen. A cada
organización corresponde Adoptar el sistema de gestión que estime más
conveniente, pero yo me adhiero a quienes apuestan por las posibilidades de la
DpO. Empresas habrá en que se impulse la figura del new knowledge worker, el
empowerment, la profesionalidad, la iniciativa innovadora, el desarrollo del
potencial de las personas..., y habrá otras en que se vea a los trabajadores no
tanto como profesionales que constituyen un valioso activo, sino, sobre todo,
como meros seguidores, subordinados, colaboradores, empleados, recursos
humanos...
La DpO sirve a la profesionalidad de todos, directivos y trabajadores, y aun
podría ser por ello vista con reservas por algunos mandos (todavía debe
haberlos) partidarios de rodearse de subordinados sumisos; tampoco habría que
descartar espurios deseos de utilizar los modelos líderes-seguidores para nutrir
artificialmente las distancias jerárquicas, allá donde hubiera riesgo de que se
redujeran. Recordando desde luego que hay empresas excelentes, quizá lo que
subyace es la definición de las relaciones jerárquicas en la emergente economía
del conocimiento, en que el saber resulta fundamental para la toma de
decisiones.
Tradicionalmente, las organizaciones se han venido vertebrando con el poder como
eje, pero hoy la referencia cuya importancia crece es el saber, y éste reside en
muy buena medida en los trabajadores expertos, que aprenden continuamente y
están por ello en disposición de innovar. Parecerá un atrevimiento de este
articulista, pero creo que nuevos perfiles se precisan en los directivos y
trabajadores del siglo XXI, quizá al margen del concepto líder-seguidor; y
también se precisa tal vez un empowerment más visible, es decir, más auténtico.
Obviamente todo esto se subordina a la realidad de cada organización…; pero
volvamos a la DpO, si el lector desea todavía acompañarme.
Experiencias del siglo XX
Yo empecé a oír hablar de la Dirección por Objetivos hace más de 20 años y
pronto advertí la dificultad de la formulación. Llegué a pensar entonces que, si
al final había que hacer lo que dijera el jefe y dado que éste seguía evaluando
el rendimiento con su criterio, ¿para qué servía la DpO? En los primeros años me
pareció advertir también que la consecución de algunos objetivos ponía en riesgo
la de otros, y que la individualidad imperaba sobre la colectividad.
Al principio fui, sí —lo confieso—, un escéptico; y con la ventaja del paso del
tiempo creo que lo fui justificadamente: la DpO se estaba adulterando, creo yo,
en su aplicación. En la empresa en que yo trabajaba en los años 80, hablábamos
de SGP (Sistema de Gestión Profesional) para referirnos a la DpO, y ciertamente
creo que el sistema introducía —o pretendía hacerlo— profesionalidad en las
relaciones jerárquicas. En vez de obedecer cada día al jefe en el qué y aun en
el cómo, sin entender siempre por qué se hacían las cosas, en los años 90
relacionábamos ya mejor lo que hacíamos con los resultados individuales y
colectivos perseguidos. En realidad, el sistema convivía con el seguimiento
frecuente de las instrucciones del jefe; pero ya habíamos dado un paso
significativo.
Deseo insistir en la formulación de objetivos con mi propia experiencia
personal. Desde el principio y siendo yo consultor de formación, pensé en
resultados cuantitativos y cualitativos: en cómo contribuir a la prosperidad
económica, a la coordinación colectiva, a la satisfacción de los clientes, a la
imagen de la compañía, al clima laboral... No se trataba sólo de que yo,
trabajador por objetivos en una empresa consultora de formación, diera más o
menos cursos o cargara más o menos horas a proyectos, sino de hacerlo cuidando
todos esos resultados paralelos a alcanzar. Curiosamente, esto no gustaba
siempre a mis jefes, que parecían reservarse para sí muchos de los objetivos que
yo consideraba adicionales: contribuir a la sinergia colectiva, a la innovación,
a la imagen corporativa, al clima laboral...
Paralelamente a mi tarea de consultor, me encargué durante cinco años de la
redacción (yo era entonces el plumilla de la empresa) de un boletín corporativo
bimestral de 8 páginas impresas, y lo recuerdo con satisfacción porque había
clientes que me llamaban para pedirme números atrasados (¡los coleccionaban!).
Bien, pues a lo que voy: en la evaluación anual de resultados mi jefa, al
respecto del boletín, me decía: “eso no cuenta”. Aún más, el jefe de mi jefa me
decía: “el boletín no sirve para nada”. Yo me preguntaba por qué no me decían
directamente que dejara de hacerlo (tal vez porque el consejero delegado sí
quería que se hiciera, y casi nadie más escribía...). Por esta y otras diversas
irregularidades en que no me extenderé, desconfié de personas concretas, pero no
lo hice del sistema. El sistema siempre me pareció valioso aunque mal utilizado,
y, aficionado yo a escribir, le he venido dedicando artículos en revistas
impresas y electrónicas, recordando también la figura singular de Peter Drucker.
¿Por qué les he sintetizado mi experiencia? Porque hay contribuciones
cuantitativas y cualitativas a resultados; y porque hay igualmente objetivos de
corto y de largo plazo; y porque un buen despliegue de objetivos es preciso para
saber qué esperan de uno; y porque el sistema no debe hacerse responsable de la
posible falta de integridad de quienes lo desplieguen o utilicen.
Enseñanzas para el siglo XXI
Recientemente encontré en degerencia.com un interesante artículo del profesor
cubano Alexis Codina que comenzaba con una cita de Bill Reddin: “La DPO no es
algo viejo y pasado de moda, como pueden pensar algunos. Mantiene toda su
vigencia. Pero, hay que saber aplicarla y adaptarla a nuevos contextos...”.
Poco después, el profesor nos recordaba que la DpO es objeto de críticas por las
tres razones a que me he referido al principio. Dejando a un lado lo ya
comentado sobre nuevos modelos, deseo continuar la reflexión sobre la asunción
de las realidades actuales y sobre la formulación de objetivos. En relación con
las características de la recta economía emergente, destacaría:
-
Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) resultan omnipresentes, y dan soporte a la denominada Sociedad de la Información y el Conocimiento.
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La información pasa de haber sido, en el pasado, un instrumento de control, a constituir una materia prima esencial y cotidiana en la empresa.
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Hemos de pasar de la tan predicada destreza informática a la excelencia informacional (traducción de la información a conocimiento) individual y colectiva.
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Las empresas se organizan en sintonía con el flujo del conocimiento, y lo hacen con la intención de acertar en las decisiones y soluciones.
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El valor de la empresa se basa, más que en tangibles, en intangibles como el know how o las relaciones que cultiva en el mercado.
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La empresa ha de contribuir al bienestar social, bajo el principio de ganar-ganar.
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El tamaño, fundamental en la economía de escala, pasa a constituir en ocasiones un obstáculo serio: ahora, el pez más rápido se come al lento.
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El conocimiento intuitivo también cuenta, si es genuino y se concilia con el tácito y explícito.
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La relación con los clientes se caracteriza por la interactividad y aun la complejidad.
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Los directivos, más que gobernar y supervisar la actuación de los trabajadores, han de suponer un apoyo a la misma.
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La tradicional autoridad jerárquica parece ceder paso, progresivamente, a la jerarquía del saber.
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La distancia “nosotros-ellos” se reduce para recomponer el statu quo, y el auténtico empowerment se va consolidando.
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Se atiende el corto plazo sin perder de vista el largo, ni las incertidumbres del mercado.
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La mejora y la innovación constituyen una exigencia permanente, y han de estar presentes en la actividad cotidiana y la cultura organizacional.
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Las personas pasan de ser un pasivo, a componer el activo fundamental: el trabajador del conocimiento resulta clave.
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Cuando la organización funciona por proyectos, se genera una especie de mercado interno de trabajo que impulsa la competitividad individual.
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La formación en la empresa, además de orientarse a nuevas tareas y procedimientos, o utilizarse de commodity, se ha de dedicar a nutrir el activo humano de modo efectivo.
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El aprendizaje permanente incluye iniciativas independientes o autodirigidas de los individuos, al margen de la orquestación formal de cursos.
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La empresa es un sistema vivo: cada día es más importante la perspectiva sistémica y la necesidad de adaptarse al entorno.
En suma, todo esto y más cosas dan forma a nuevos perfiles en trabajadores y
directivos, y a una nueva relación entre ellos; una relación más atenta al
aprovechamiento del saber que al ego de los directivos: las organizaciones
inteligentes lo saben bien y actúan en consecuencia. Todo parece apuntar a que
los directivos sean más ministros de Exteriores que del Interior, y a que los
trabajadores expertos asuman mayor dosis de autonomía y responsabilidad. Los
directivos han de presentar su perfil de competencias característico
(conocimientos, destrezas, habilidades, fortalezas, facultades, actitudes,
valores, hábitos de conducta…), y los trabajadores el suyo. De nuevo tengo que
admitir que todo esto se subordina a la realidad más específica de cada caso,
pero la DpO no puede ser ajena a las exigencias y realidades de las empresas del
saber y el innovar; la DpO supone que todos hemos de saber qué se espera de
nosotros.
¿Qué decir de la controvertida formulación de objetivos? La DpO no nos limita a
lo cuantitativo como quieren hacernos pensar algunos creadores de otros modelos:
vender tal cantidad, fabricar tantas unidades, facturar tantas horas, conseguir
tantos nuevos clientes… La formulación admite objetivos cuya consecución puede
ser evaluada, a pesar de su naturaleza cualitativa: satisfacer a los clientes,
innovar, favorecer la sinergia colectiva, aprender continuamente, contribuir a
la calidad de vida en la empresa, cultivar los valores corporativos, dar flujo
al conocimiento adquirido, asegurar el largo plazo…
Yo recuerdo una época en que me asignaban, como a todos mis compañeros, los
objetivos globales de la compañía; así nunca podía ocurrir que los trabajadores
alcanzaran sus objetivos si no lo hicieran determinados directivos… Pero es que
los trabajadores no teníamos ninguna influencia en las decisiones que se
tomaban.
También quería recordar que se trata de un sistema: del sistema de Dirección por
Objetivos. Toda la organización ha de ser coherente con la DpO y ésta con la
realidad de la empresa. Pero no les voy a traer mensajes que ya son conocidos:
les remitiría a los trabajos de los padres de la DpO y a los más recientes de
expertos como Bill Reddin y Denis Ryan. No dejen que ningún consultor les diga
que “la dirección por objetivos reduce al obrero a una herramienta viviente, con
esquemas de bonos diferenciales para inducirle a emplear hasta la última onza de
energía”.

