EL PROCESO DE LA COMPRENSIÓN LECTORA.
- By Lic. Ena Ramos Chagoya
- Published 03/6/2008
- Educacion
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Lic. Ena Ramos Chagoya
Licenciatura en ciencias de la educación.
Actualmente maestría en docencia media superior y
superior.
Minatitlan, Mexico.
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Sin duda al partir de la
realidad áulica, reconocemos que, cada vez con mayor frecuencia uno de
los problemas que más preocupa a los profesores de cualquier nivel es el
de la comprensión lectora; frecuentemente se preguntan cómo enseñar a
los alumnos a comprender lo que leen. Durante la última década tanto
maestros como especialistas se han propuesto encontrar, desde una
perspectiva crítica, nuevas estrategias de enseñanza basadas en el mejor
entendimiento de los procesos involucrados en la comprensión de la
lectura para incorporarlos al marco teórico que utilizan para enseñarla.
Así, el interés por la comprensión lectora sigue vigente, aun cuando
este fenómeno se creía agotado, sobre todo en la década de los años 60 y
70 en que algunos especialistas consideraron que la comprensión era
resultado directo del descifrado: si los alumnos eran capaces de
denominar las palabras, la comprensión por ende, sería automática. Sin
embargo, a medida que los profesores guiaban más su actividad a la
decodificación, fueron comprobando que la mayoría de los alumnos no
entendían lo que leían.
También la actividad lectora se vio reducida a que los maestros hicieran
preguntas literales sobre el contenido de un texto, creyendo que con
ello los alumnos lograban asimilar la lectura.
En consecuencia, no se permitía que los niños se enfrentaran al texto
utilizando sus habilidades de lectura, inferencia, y análisis crítico,
lo que condujo más tarde a que los maestros consideraran que el hacer
preguntas era más una manera de evaluar que de enseñar a comprender.
El material que se presenta a continuación, representa una breve
reflexión sobre las estrategias de comprensión lectora; asimismo, se
discute sobre aspectos que tienen que ver directamente con el proceso de
enseñanza y aprendizaje y las diferentes estrategias como: la
metacognición, motivación y autorregulación del aprendizaje, todo esto
en función de lograr un aprendizaje eficiente y significativo del
alumno.
La intencionalidad de este trabajo no es prescribir determinadas formas
de enseñar para mejorar el aprendizaje de nuestros alumnos, aunque sí,
sugerir y compartir otra perspectiva que tiene como fin repensar la
práctica didáctica partiendo de los aportes de la metacognición y del
pensamiento estratégico.
ANTECEDENTES HISTÓRICOS
En la década de 1920, con base en la teoría conductista, se pensaba que
leer era únicamente verbalizar lo escrito. Sólo se buscaba que el lector
repitiera exactamente las ideas del autor; es decir, no se consideraba
que se desarrollara una interacción entre éste y las personas que leían
un texto.
El inicio de las investigaciones de comprensión lectora se desarrolló en
un contexto histórico en el cual el conductismo era el paradigma de
conocimiento en investigación educativa. Por ello, la principal teoría
sobre la lectura tenía como su base esta corriente, lo cual implicaba
que lo más importante para aprender a leer eran los contenidos de la
enseñanza; el texto y los procesos mentales que provocaban problemas en
la comprensión.
Se pensaba que leer
Otros enfoques de aprendizaje de la lectura partían del reconocimiento
de las palabras (visualizar y reconocer) para pasar en segundo término a
“comprender” y finalmente a reaccionar emotivamente ante el estímulo
percibido (Dubois, citada por Pellicer: 1990).
Para esta postura, el significado está en el texto, por lo que el lector
no aporta un significado sino que lo extrae del material impreso,
considerando al lector como un sujeto pasivo, pues lo fundamental era
reproducir literalmente lo que el autor había escrito.
Esta teoría, denominada tradicional, consideraba que todos los
individuos debían pasar por las mismas etapas de lectura; no había una
flexibilidad para los diferentes tipos de lectores o de textos. Por
ello, las formas de evaluar la lectura tampoco eran originales,
únicamente se solicitaba a las personas que identificaran palabras
aisladas y datos en general; es decir que copiaran exactamente lo que
decía el texto. Leer, así, era “imitar” lo que decía el autor; no se
asumía que el lector también podía pensar.
El interés por la comprensión lectora no es nuevo. Desde principios de
siglo, los educadores y psicólogos (Huey 1908 - 1968; Smith, 1965) han
considerado su importancia para la lectura y se han ocupado de
determinar lo que sucede cuando un lector cualquiera comprende un texto.
El interés por el fenómeno se ha intensificado en años recientes, pero
el proceso de la comprensión en sí mismo no ha sufrido cambios análogos.
Como bien señala Roser, “cualquiera que fuese lo que hacían los niños y
adultos cuando leían en el antiguo Egipto, en Grecia o en Roma, y
cualquiera que sea lo que hacen hoy para extraer o aplicar significado
en un texto, es exactamente lo mismo”.
Lo que ha variado es nuestra concepción de cómo se da la comprensión;
sólo cabe esperar que esta novedosa concepción permita a los
especialistas en el tema de la lectura desarrollar mejores estrategias
de enseñanza.
En los años 60 y los 70, un cierto número de especialistas en la lectura
postuló que la comprensión era el resultado directo de la decodificación
(Fries, 1962): Si los alumnos serán capaces de denominar las palabras,
la comprensión tendría lugar de manera automática.
Con todo, a medida que los profesores iban desplazando el eje de su
actividad a la decodificación, comprobaron que muchos alumnos seguían
sin comprender el texto; la comprensión no tenía lugar de manera
automática.
En ese momento, los pedagogos desplazaron sus preocupaciones al tipo de
preguntas que los profesores formulaban. Dado que los maestros hacían,
sobre todo, preguntas literales, los alumnos no se enfrentaban al
desafío de utilizar sus habilidades de inferencia y de lectura y
análisis crítico del texto.
El eje de la enseñanza de la lectura se modificó y los maestros
comenzaron a formular al alumnado interrogantes más variados, en
distintos niveles, según la taxonomía de Barret para la Comprensión
Lectora (Climer, 1968).
Pero no pasó mucho tiempo sin que los profesores se dieran cuenta de que
esta práctica de hacer preguntas era, fundamentalmente, un medio de
evaluar la comprensión y que no añadía ninguna enseñanza.
En la década de los 70 y los 80, los investigadores adscritos al área de
la enseñanza, la psicología y la lingüística se plantearon otras
posibilidades en su afán de resolver las preocupaciones que entre ellos
suscitaba el tema de la comprensión y comenzaron a teorizar acerca de
cómo comprende el sujeto lector, intentando luego verificar sus
postulados a través de la investigación (Anderson y Pearson, 1984;
Smith, 1978; Spiro et al., 1980).

