Comunicador Social y Periodista de la Universidad de la Sabana (Bogotá, 1985). Desde 1993 ha dictado seminarios-talleres y conferencias en decenas de empresas de toda Colombia. Su especialidad son las comunicaciones corporativas, las estrategias para servir con grado de excelencia a los clientes, el crecimiento personal y los procesos de estimulación del talento creativo. Es miembro de dos prestigiosas asociaciones: La Asociación de Conferencistas Hispanos (http://conferencistas.org), liderada por los mexicanos Miguel Ángel Cornejo y Francisco Yáñez (éste último galardonado como el mejor conferencista latinoamericano 2004 y 2005), e IFSociety Corp., Sociedad Internacional de Facilitadores (http://facilitadores.org).
Es autor de cinco libros: Dos antologías humorísticas, una novela y dos crónicas periodísticas. Uno de estos últimos fue publicado por el Grupo Editorial Alfaguara-Santillana (Crónicas a bordo de un taxi, 2004). De la música a la mafia, publicado por la prestigiosa Editorial Universidad de Antioquia, salió a las librerías de todo el país en marzo de 2007. El autor fue columnista de El Tiempo, el más importante periódico de Colombia. Actualmente publica una columna especializada en temas de capacitación en la Revista Empresarial & Laboral. Obtuvo una mención de honor en el Primer Concurso Internacional de Aforismos Vicente Huidobro (Santiago de Chile, marzo de 2006) y fue uno de los cien autores seleccionados para la Antología del Concurso Internacional de Cuento Corto Gustave Flaubert (revista Trazo Literario, Argentina, marzo de 2007) en la cual participaron 963 escritores de veinticinco países. Colombia.
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Anda, compañera, ten un poco de consideración con nosotras y dinos cuál es tu
secreto, le dijeron. Vamos, dinos qué deberíamos hacer para alimentarnos tan
bien como tú… ¡Ciegas y tontas!, les gritó la ríspida y engreída. ¡Torpes e
ingenuas! ¿Acaso no se han dado cuenta de que las abejas y nosotras, las avispas
amarillas, somos casi idénticas? ¿Nunca han reparado en eso? Ya que tanto
insisten, ese es el secreto, y claro —dijo frotándose las patas y exhibiendo una
mueca burlesca— mi audacia y mi ingenio. Nunca temo acercármeles a tres o a
cuatro abejas, y hasta a doce, si es del caso. He aprendido a volar como ellas,
a saludar como ellas, a ser como ellas. Impregno mi lengua de néctares
deliciosos y les digo: Ea, queridas amigas mías, síganme, síganme que allí donde
yo voy abunda el alimento. Y las abejas me siguen, por supuesto, y las conduzco
a un agujero, y las encierro, y las debilito, y luego mmmmm, banqueteo.
Ese es uno de mis trucos favoritos, y bueno, ya es suficiente por hoy,
¡invéntense los suyos y hasta luego! Entonces la avispa soltó una risotada
maliciosa y emprendió el vuelo.
Al cabo de media hora, una ráfaga de viento la desvió bruscamente hacia la dura
corteza de un árbol, chocó, cayó al suelo y perdió el conocimiento. Cuando
despertó, observó que tres abejas revoloteaban alrededor de unas hermosas y
fragantes flores amarillas. Intentó unírseles, pero tenía tres patas rotas y un
tremendo mareo. Apenas pudo alzar la voz para llamar su atención. Amigas,
amigas, aquí, aquí abajo, socórranme o me muero… Las abejas descendieron y
comprobaron que la pobre moriría si no recibía auxilio. Entre las tres la
sujetaron y la transportaron hasta el panal lo más pronto que pudieron.
Una vez allí, la avispa recibió todo tipo de atenciones y cuidados. Tendrás que
permanecer no menos de tres semanas aquí, y luego podrás regresar a tu panal… Y
a propósito, ¿tu panal está muy lejos?, le preguntaron sus benefactoras. Esteee,
no, queridas, no, la verdad no está muy lejos. Queda cerca de la Colina del Arco
Iris, allí donde cantan las cascadas y donde los peces plateados saltan y juegan
todo el día. Los árboles son tan altos que les hacen cosquillas a las nubes y
las hacen llorar de la risa, y… y…
Las tres abejas obreras se sentían orgullosas de su buena obra, hasta que un
buen día un grupo de abejas adultas, muy mayores, se acercaron y les dijeron:
Abejas bienhechoras, cuidado, no es una abeja en desgracia a la que cuidan, es
una avispa solapada, artera y maliciosa. ¡Se equivocan, es abeja, es abeja!,
respondieron en coro, indignadas. Es amable, cariñosa y nos cuenta mil cuentos;
su lengua trae dulcísimas esencias que muy pronto probaremos. Advertidas están
—replicaron las mayores; dejen que se cure y ya veremos.
Sanó la avispa y, en una espléndida mañana, dijo: Ustedes, mis tres
auxiliadoras, y todas aquellas que quieran seguirme, vengan conmigo. Prometo
pagarles los favores con dulzuras exquisitas, con flores por montones. Y así,
tras la avispa, volaron sus tres amigas bienhechoras, y otras veinticuatro
abejas, hambrientas, revoltosas y muy jóvenes…
Cierto día, un buen amigo, agrónomo de profesión, me llamó y me contó algo que
acababa de sucederle, algo que me inspiró esta fábula de la avispa amarilla,
cazadora de abejas. Mi amigo estaba perplejo, dolido, con la ira atravesada en
la garganta. Era un sábado en la noche. Horas antes había ido al supermercado.
Llegó a su edificio de apartamentos y observó que un muchacho, cabizbajo, tenía
un brazo apoyado en la pared donde se hallaba el tablero de citófonos. Mi amigo
descendió al sótano, estacionó su auto y descargó las bolsas con los víveres de
la quincena. Oprimió el botón del ascensor y al cabo de un par de minutos se dio
cuenta de que el elevador estaba fuera de servicio. Tomó unas cuantas bolsas y
subió por las escaleras hasta el primer piso.
Al llegar allí vio al hombre joven, parado frente a la puerta de un apartamento.
Mi amigo lo miró, lo saludó y descargó las bolsas en el suelo. Regresó al sótano
y recogió las bolsas restantes. Cuando las descargó, el hombre joven se dirigió
a él. Le contó que estaba buscando a alguien del apartamento 101, alguien que lo
había contratado alguna vez en la central mayorista de abarrotes. Trató de
extenderse en detalles, pero mi amigo lo atajó y le dijo: Hágame un gran favor.
Ayúdeme con estas bolsas. Sígame y luego termina de contarme su historia. El
joven accedió y lo acompañó hasta el quinto piso.
Juntos bajaron hasta la puerta de entrada del edificio. Mi amigo se cruzó de
brazos e instó al hombre joven a contarle sus cuitas. El joven, algo tímido,
delgado, de bigotito ralo y poca instrucción, estaba desempleado y desesperado.
Entre quejas, suspiros y lagrimeos, le dijo que estaba dispuesto a realizar
cualquier oficio, el que fuera, con tal de salir de apuros. Mi amigo le explicó
que, en aquellas circunstancias, no podía prometerle nada, que nada sabía de él,
pero que quizá un amigo suyo podría darle empleo justamente en la central
mayorista de abarrotes. Mi amigo le copió su número telefónico y le pidió que se
comunicara con él la semana siguiente. Antes de retirarse, el joven le dijo que
había caminado más de cincuenta calles para llegar hasta allí y que ya no tenía
dinero para regresar a su casa, situada en una población más allá del área
metropolitana.
Mi amigo se quedó pensativo, lo miró de pies a cabeza y le dijo: Bueno, le debo
una propina por haberme ayudado con las bolsas del mercado, pero… Aquí solo
tengo un billete de 50 mil (unos veintiocho dólares al cambio actual). Hagamos
un trato. Voy a darle 5 mil pesos. Tome el billete, vaya hasta aquel casino de
la esquina y me trae el cambio, que aquí lo espero. Ah, y una cosa más. Recuerde
que no tengo idea de quién es usted. Voy a creer en cada una de sus palabras y
espero que me demuestre que usted es de fiar, que en realidad se merece una
oportunidad… ¡Por Dios, cómo se le ocurre decir eso! Ahora mismito regreso,
repuso el mocete entre aspavientos.
Mi amigo lo siguió con la mirada hasta que ingresó al casino. Al momento recordó
que dicho lugar tenía dos accesos, el de esa calle y el de la avenida. Pasaron
cinco minutos. Diez… Oh, oh, oh, no, no puede ser. Desencuentros cercanos del
peor tipo. ¿Entraría al excusado ese “avispado”? Mi amigo se llevó la mano a la
cabeza y se rascó detrás de la oreja. Caminó hasta el casino, entró y echó un
vistazo. Abracadabra, simsalabim… Los 50 mil y su nuevo dueño se habían
esfumado.
Regresó hasta el portón del edificio y en aquel momento apareció Belisario, uno
de sus vecinos. Mi amigo, resoplante y malhumorado, le relató lo que acababa de
suceder. Belisario lo escuchó, sonrió discretamente, le puso la mano en el
hombro y le dijo: Estimado vecino, qué le vamos a hacer. Por esta vez, ese
sinvergüencita tuvo suerte. Seguro oprimió los botones de todos los citófonos y
alguien le abrió la puerta. Quería rondar, ver qué conseguía y se topó con tu
generosidad. La verdad, perdiste poco, pero a la vez, creo que perdiste mucho…
Magnífica paradoja. Triste y cotidiana realidad. Por aquello del efecto
mariposa, todos perdemos o ganamos, poco o mucho, en el ejercicio del libre
albedrío de un gobernante provocador y megalómano, de un funcionario estatal
corrupto y negligente, de un Warren Buffett o de un niño de la calle que
comparte un mendrugo de pan con su querido perro. Aquel día, por desgracia, a mi
amigo se le empedraron algunos gramos de corazón. Y si esa funesta experiencia
se repite una y otra vez, si se multiplica por doquiera, como ocurre en muchas
sociedades, en muchos ambientes, y hasta en la convivencia familiar, grandes
virtudes correrán a esconderse en lo profundo del corazón de los desencantados.
Cundirán, irremediablemente, el escepticismo, el egoísmo y el cinismo.
Luego de relatarme aquella pequeña gran decepción, medité un buen rato en ese
P&G de la conducta humana, en todo lo que significa perder y recobrar ese
supremo bien, ese supremo valor que llamamos confianza. En todo lugar y en
cualquier época, todos esperamos que suceda algo, que se haga algo, que se
resuelva algo, que se responda por algo. Todos los días amanece, y siempre
esperamos la luz después de la oscuridad. Siempre llueve sobre justos e
injustos, y esperamos que así continúe sucediendo. Siempre, a pesar de todo,
confiamos, pero a la vez queremos confiar mucho más en las decisiones del otro,
en el poder y la autoridad del otro, en la voluntad y el empeño del otro. ¿Quién
era Rowan, el personaje central de la famosísima Carta a García? ¿Quién era este
paradigma tan citado y tan leído en las charlas sobre crecimiento personal,
liderazgo, proactividad, alto rendimiento en el trabajo en equipo, capacidad de
respuesta a las circunstancias adversas y tantos otros tópicos que se trabajan
hoy día en los foros, en los simposios y en las actividades de capacitación
empresarial? ¿Por qué le fue delegada una tarea ardua, azarosa y casi imposible
de cumplir? Porque Rowan era, ante todo, una persona confiable.
Bonita esa tarea de construir y desarrollar el supremo valor de la confianza en
nuestras organizaciones, de ganar y ofrecer confianza en nuestro entorno
laboral. Y como la fábula de la avispa y las abejas quedó en suspenso, con mucho
gusto les regalo el final:
Volaron un buen rato, y al fin, el premio. Una buganvilla muy crecida, hermosa y
medio oculta, repleta de flores bermellonas, repleta de jugos exquisitos. Las
felices y algarabiadas abejas no lo podían creer. La avispa amarilla recibió
hurras y vivas, besos, abrazos y afectos. Y esto no es nada, mis queridas —les
dijo; vamos, vamos ahora mismo a la gruta del Valle Nuevo. Tenemos que entrar
por un agujero estrecho, pero más allá, ¡ahhhh!, ni se lo imaginan, la delicia
de las delicias. Verán, son tantas y tan inmensas las flores que el néctar se
derrama y forma un arroyuelo…
Y así, entre halagos y empalagos, las fue conduciendo hasta el agujero.
Frotábase las patas en el aire, diciéndose una y otra vez en sus adentros: Si me
vieran esas taradas, esas ingenuas compañeras mías… ¡Este sí que es todo un
récord!
¡Llegamos, amigas, véanlo, allí está! Y cuando la última de las abejas había
entrado al agujero, la avispa estalló en risas, revoló feliz, cargó una
piedrecilla, y otra, y otra, y taponó el frío y musgoso acceso. ¡Son mías, mías
todas! ¡Comeré y me saciaré, y hasta sobrados les dejaré a mis congéneres bobas!
De pronto, la avispa sintió zumbidos a su espalda. Tres abejonas corpulentas, ya
mayores, cercaron a la insidiosa avispa y le dijeron: Hasta el último momento
fuiste aprovechada. Pues despídete ahora mismo de tu suerte y de tu vida. Fuiste
avispa a tu llegada, y serás avispa en tu partida.