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EL JEFE ME PIDE FEEDBACK
- By Jose Enebral Fernandez
- Published 05/7/2008
- Comunicacion
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Jose Enebral Fernandez
Consultor de Management y Recursos Humanos, el ingeniero madrileño José Enebral colabora desde hace años con diferentes medios impresos españoles y americanos (Capital Humano, Training & Development Digest, Nueva Empresa, Learning Review, Coaching Magazine...). Pronuncia además frecuentes conferencias en diferentes países, abordando temas como la intuición en la empresa, la calidad de vida en el trabajo, el aprendizaje permanente o la Sociedad de la Información
Temas: management
País de residencia: España.
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Si el jefe nos pide
feedback, hemos de pararnos a pensar… Parece que Ted Sorensen, asesor
especial de John F. Kennedy, le mostró alguna vez su desacuerdo con
sutileza, diciendo: “Ese parece el tipo de ideas que tendría Nixon”. Yo
debo confesar que fui más directo la primera vez que, quien había sido
profesor mío y luego sería mi primer jefe, me preguntó si tenía alguna
reserva ante la idea de trabajar con él. Yo respondí algo como: “Bueno,
no me pareció bien que no se presentara usted a la entrevista que
habíamos convenido para hace unos días: le estuve esperando más de una
hora”. Sí, depende de cómo se diga; temo que lo dije así de contundente,
y que la corrección política no fuera lo mío en aquellos primeros años
70, en que mi perfil mostraba inmadurez y quizá torpeza relacional.
Más recientemente, hace unos cinco o seis años, el primer ejecutivo de
la consultora en que yo trabajaba me pasó para comentarios (a la vez que
a sus colaboradores más próximos y a un cliente) un texto que había
escrito como introducción de un libro. Esta vez me mordí la lengua y,
desplegando lítotes sin ironía, le señalé algunas ideas que, en mi
opinión, no debían formularse así. Creo que el equipo de directores le
había mostrado su aprobación, pero el cliente y yo coincidimos en
nuestras sugerencias (aunque no fueron incorporadas). Todavía pienso que
aquel ejecutivo adolecía de falta de autoconocimiento, y que en esto
fallamos casi todos. Todos somos pecadores y el mandato délfico sigue
siendo una extendida asignatura pendiente; pero quizá la equivocada
percepción de uno mismo resulta especialmente grave en altos directivos.
En efecto, solemos interpretar como agresión cualquier cosa negativa que
se nos diga, y a partir de ahí nuestra atención se orienta a la reacción
y no a la reflexión. Ya nuestra percepción de las realidades del entorno
resulta incompleta y filtrada por nuestro cerebro, pero la realidad
propia —no nos vemos a nosotros mismos— se nos escapa todavía más, mucho
más.
Feedback para el autoconocimiento
Un buen feedback facilita el autoconocimiento, y sabemos de muchos
líderes, dentro y fuera del mundo empresarial, que a este fin pedían
opinión a su entorno. Habíamos citado a Kennedy y les traigo otro caso
oportuno. Tras su primer acto como presidente de EEUU —la toma de
posesión, en 1961—, llamó a un viejo amigo, el obispo Philip M. Hannan,
con quien había charlado a veces sobre el arte de hablar en público, y
le preguntó sobre el discurso. Al obispo le había gustado y así se lo
hizo saber, pero tenía ciertamente algo que añadir: “Quizá debería usted
haber hablado un poco más despacio, para esperar la reacción de la
multitud”. Kennedy era bien consciente de que el obispo sabría decirle
todo lo que pensaba; de hecho, vino a ser durante su presidencia una
especie de asesor en la sombra.
En el mundo empresarial son cada día más los ejecutivos y directivos
que, por una parte piden opinión a los profesionales de su entorno sobre
las decisiones a tomar, y por otra solicitan feedback sobre sus
actuaciones, en pro y en pos del autoconocimiento. Sin embargo, mostrar
eficazmente un desacuerdo —por pequeño que sea y aunque se sirva bajo
pedido— a quien ostenta el poder requiere cierta habilidad y, en algún
caso, valor. Warren Bennis dice no conocer ningún alto directivo que, en
el fondo de su corazón, no esté convencido de que su propia cabeza es
mejor que todas las demás juntas. Si se hace visible, esta creencia
constituye un obstáculo a salvar para quienes formulan feedback
ascendente con la esperanza de que no resulte preterido.
Bennis es quizá todavía el mayor experto en liderazgo de las
organizaciones, y sabe bien que los mejores líderes procuran rodearse de
personas inteligentes y honestas, capaces de ofrecerles valioso feedback
y ayuda en la toma de decisiones. Lee Iacocca llegaba incluso a
estimular el feedback en quienes él percibía como “la oposición”. Y es
que el feedback es, como decía Ken Blanchard, “the breakfast of
champions”. Sólo a los no campeones puede resultar indigesto un buen
desayuno, es decir, un feedback valioso y correctamente formulado.
Un ejecutivo puede, sí, solicitar y encontrar feedback enriquecedor
procedente de algunos de sus colaboradores, pero entre ellos también
puede haber críticos pánfilos, temerosos y severos, como puede encontrar
downers, pleasers y otros estereotipos no idóneos. Tendrá que
identificar sus fuentes más valiosas en busca de un buen juicio, ya sea
en relación con su conducta general, o con una postura o actuación
determinada. Puede que haya algún directivo que prefiera la tranquilidad
a la verdad, pero éste no es el caso de los mejores. Ante un juicio
equivocado o incorrecto y si es bienintencionado, un buen directivo
podría argüir en torno al mismo pero no contra su emisor; y si el juicio
fuera intrínsecamente valioso, lo agradecería. La receptividad al
feedback constituye, sin duda, una cualidad muy útil para quien la posea
y, desde luego, para los directivos. Éstos necesitan el feedback tanto o
más que los trabajadores, pero hay ciertamente que cuidar la
formulación, en aras de la eficacia.
La formulación del feedback
No es preciso parecer aristarcos al formular nuestros desacuerdos sobre
las ideas, la actuación o el desempeño de otras personas, por buena que
sea la intención, y tanto si se trata de superiores jerárquicos como de
subordinados. En el caso que nos ocupa del feedback ascendente, hemos de
dejar la iniciativa propia para casos excepcionales; al respecto decía
André Maurois que “la crítica del jefe por el subordinado debe ser un
accidente, no un hábito”. Pero, tanto si la iniciativa es propia como si
se nos ha solicitado opinión, confío en que el lector muestre
conformidad al siguiente decálogo:
1. Asegúrese de que su jefe es y está receptivo.
2. Limítese al asunto sometido a feedback.
3. Evidencie que guarda el respeto esperado.
4. Apueste por la sinceridad, subordinándola, si acaso, a la eficacia.
5. Sea claro y breve en la formulación.
6. Destaque tanto lo positivo como lo negativo.
7. Exprésese dando a entender que no se atribuye la razón.
8. Facilite las aclaraciones solicitadas, pero evite la apariencia de
discusión.
9. Aproveche la oportunidad para aplicar toda su inteligencia.
10. Evite sentirse más importante por haber sido consultado.
Habrá quien piense que estas recomendaciones sugieren una distancia de
dignidades algo exagerada, cuando se trate de un feedback dirigido (sin
demasiado formalismo) a un jefe inmediato y accesible; puede ser:
depende de las características de cada relación interpersonal. En todo
caso y aunque no haga falta decirlo, ha de ser el jefe y no el
subordinado quien reduzca la distancia. En las empresas, los cambios
culturales por un lado, y la denominada economía del conocimiento y la
innovación por otro, están reduciendo estas distancias jerárquicas,
aunque todavía queden directivos que se feliciten por el poder que
administran y nutran con él su ego. En algunos casos, el ego está tan
bien alimentado que se incurre en el narcisismo, pero ésta no es
afortunadamente la norma.
Estamos imaginando una situación en que jefe y subordinado están solos;
porque si no fuera así, algo estaría posiblemente fallando. Un director
puede convocar a reunión a sus colaboradores más próximos para ayudarse
en la toma de decisiones, pero no debería hacerlo para pedirles
feedback. Si uno se viera en una encerrona de este tipo —obligado a
opinar ante terceros sobre una actuación del jefe— y tuviera, en efecto,
alguna crítica que formular, habría de calibrar las circunstancias antes
de optar por la corrección política, o hacerlo por la sinceridad. No se
puede generalizar, pero el hecho es que las intenciones capciosas
existen, y uno a veces ha de ayudarse de la intuición o de la suspicacia
para detectarlas y salir del apuro. Esta reflexión vale también, si el
lector asiente, para los casos en que no hay terceros delante.
Aun en el caso más normal de autenticidad en el jefe, en la formulación
de feedback ascendente hemos de ser siempre cuidadosos y respetuosos al
mostrar un desacuerdo. Por exceso en el respeto probablemente no pasará
nada, pero, por defecto, podemos perder predicamento de forma incluso
irreversible: los errores pueden olvidarse, pero el jefe suele recordar
las faltas de respeto. También cabe destacar que todos tenemos una
visión parcial y algo desdibujada de la realidad, de modo que no debemos
empeñarnos en poseer la verdad. Tampoco debemos irnos por las ramas, ni
extendernos en la intervención; pero, si el jefe es sincero y receptivo
al pedirnos opinión, nosotros hemos de ser sinceros al darla: la mentira
piadosa adulteraría la práctica.
Para insistir en el cuidado de las formas, vuelvo a traer una
experiencia mía vivida en los años 80: un caso de crítica por iniciativa
propia. Estábamos comiendo cuatro compañeros en una cafetería próxima a
la oficina, cuando llegó nuestro jefe y tuvimos que hacerle sitio con
nosotros. En seguida me preguntó sobre un asunto de trabajo, y yo, que
prefería tratar el tema en privado, le respondí que estábamos comiendo y
no era el momento. Más de veinte años después, creo que yo tenía razón
en el fondo pero no en la forma, y que la responsabilidad del jefe le
puede generar ansiedad y conductas neuróticas; de hecho, nuestra
relación era algo tormentosa y no duró mucho.
También fui testigo, en uno de esos actos multitudinarios de
comunicación en gran empresa, de cómo un directivo reprochaba al
presidente la compra de una empresa competidora, operación que no había
dado los frutos esperados: “No hacía falta ser muy inteligente para
darse cuenta de que…”. A mí me produjeron cierto estupor aquellas
palabras del directivo ante más de cien personas, aunque el presidente
le respondió con serenidad. Hoy sé que esas operaciones de compra o
venta de empresas se orquestan a veces con presencia de particulares
intereses espurios, y que, aunque ciertamente no parezcan siempre
“inteligentes”, sí pueden resultar “interesantes”; pero, en cualquier
caso, la intervención de aquel directivo fue llamativa, tuviera o no que
ver con su salida de la organización poco tiempo después.
A la empatía y demás habilidades sociales, hemos de añadir intuición,
prudencia y otras fortalezas (quizá sentido del humor, humildad,
autocontrol…) al formular nuestras críticas; pero no olvidemos el buen
juicio y la amplitud de miras. Seguramente nadie nos pedirá opinión si
nos falta buen juicio y perspectiva; pero en ningún caso debemos
sentirnos poseedores de la verdad, ni debemos aspirar a que nuestra
opinión se imponga sobre la del jefe, porque él asume la
responsabilidad. Son perogrulladas, pero también apuntan a errores en
que algunos hemos incurrido en ocasiones y que nos han servido para
aprender.
En este (posible error) que les comento ahora, no recuerdo haber
incurrido yo nunca, pero tal vez vale la pena dedicarle unas líneas. Se
trata del feedback favorable (e incluso la felicitación) formulado
espontáneamente porque, aunque todo depende de las circunstancias y las
formas, podría no resultar recomendable. Al opinar, uno se atribuye una
capacidad que debe estar seguro de poseer y de que se le reconoce. Por
muy favorable que fuera nuestro juicio, debemos estar legitimados para
formularlo: el jefe podría pensar que nuestra opinión no es relevante ni
se nos ha pedido… Sí que hay espacio, como decíamos, para el feedback
negativo motu proprio bien formulado, bajo el supuesto de enmendar un
fallo cometido, evitar que se repita, o simplemente contribuir a la
mejora permanente; pero tal vez lo mejor de lo mejor sea que podamos
limitarnos a las ocasiones en que se nos solicite.
Más experiencias
Todo esto tiene mucho que ver con la cultura de la organización. Las
grandes empresas suelen poner mucho énfasis en la comunicación interna,
aunque algunas quizá más en la liturgia que en la doctrina. Yo quise
hacer una prueba y, hace unos diez años y tras leer una entrevista que
le habían hecho, me dirigí por correo electrónico al presidente de mi
empresa, una multinacional con miles de empleados en España. Yo mismo lo
consideraba un atrevimiento porque, aunque lo había saludado tiempo
atrás, en la imagen que yo tenía de él en ese momento, se trataba de un
señor alto e hierático, rodeado de guardaespaldas y del que me separaban
unos cuantos niveles jerárquicos. No obstante, quise hacerle llegar unos
comentarios que me había sugerido la lectura, en relación con la
“activación emocional” (motivación) de los empleados.
No dos días, ni dos semanas, sino dos meses después, para mi sorpresa,
me llamó su secretaria y dijo que me pasaba al presidente (recuerdo que
instantáneamente me puse de pie): era él, en efecto, y estuvo cordial
conmigo. Cuando se me pasó el susto, decidí que no debía hablarlo con
ningún colega; más tarde pensé que habría bastado con que alguien me
hubiera respondido cortésmente en su nombre y por correo electrónico.
Estoy seguro de no haberle dicho nada significativo en mis comentarios,
pero el hecho de que me respondiera él mismo y por teléfono me pareció
inicialmente muy positivo; más tarde pensé que yo me había salido del
guión protocolario y que, pasados dos meses, al presidente no le quedaba
ya otra solución que llamarme y mostrar así coherencia con la cultura
oficial.
También recuerdo otra ocasión, tiempo atrás —el lector disculpará que
haya tenido que recurrir a experiencias propias—, en que se organizó una
sesión de comunicación colectiva para que la Dirección nos comentara los
resultados de una reciente encuesta de satisfacción de las personas. La
verdad es que no nos mostrábamos profesionalmente satisfechos (menos que
en ocasiones anteriores), y teníamos cierta expectación en torno al
análisis que harían los directivos. El interviniente acabó desplazando
hacia los trabajadores la responsabilidad por los malos resultados de
las encuesta, y yo lo recuerdo (puedo estar equivocado, pero así lo
recuerdo) como la mayor muestra de cinismo corporativo a que he asistido
en mi trayectoria profesional.
Aunque se nos pidió que no interrumpiéramos la intervención con
comentarios o preguntas, quise hacer llegar un mensaje de desacuerdo al
directivo y, sentado en la tercera fila, negué repetidamente con la
cabeza hasta ser visto. Como él insistió una y otra vez en su reproche a
los trabajadores, lo hice yo con mi movimiento de cabeza; creo que toda
la sala advirtió el gesto y que algunos colegas se me sumaron.
Naturalmente, me gané un enemigo y pagué por ello, pero han pasado unos
cuantos años y sigo condenando más el cinismo desplegado por aquel joven
y ambicioso directivo, que mi perfil respondón de entonces.
Mensajes finales
Confío en que algún joven lector aprenda, en caso necesario, de mis
errores del pasado, pero sobre todo de los suyos propios si hay tales.
Yo acabo este texto recordando que el respeto entre niveles jerárquicos
habría de ser mutuo. El subordinado debe respetar siempre a su jefe,
portador de responsabilidad colectiva, pero éste debe igualmente
respetar a sus subordinados: en la era del aprendizaje y desarrollo
permanente ya no queda tanto espacio para la manipulación. Y una alusión
final sobre la gran asignatura pendiente, el autoconocimiento en todas
nuestras dimensiones personales: con o sin feedback, hagamos un esfuerzo
al respecto.
Daniel Goleman nos alertaba sobre el autoengaño de los directivos,
hablándonos de un oportuno estudio de Robert E. Kaplan. Hay ciertamente
directivos que no digieren bien el éxito (quizá temprano) y muestran
arrogancia, sed de poder, necesidad de parecer perfectos y otros
trastornos de personalidad, antes de acabar fracasando. Obviamente, los
directivos más inteligentes digieren bien sus éxitos y aun sus fracasos,
y valoran un buen feedback llegado el caso. Gracias al lector por su
atención y recuerde: como emisores de upward feedback, cuidemos las
formas y acertemos en el fondo.

