Consultor de Management y Recursos Humanos, el ingeniero madrileño José Enebral colabora desde hace años con diferentes medios impresos españoles y americanos (Capital Humano, Training & Development Digest, Nueva Empresa, Learning Review, Coaching Magazine...). Pronuncia además frecuentes conferencias en diferentes países, abordando temas como la intuición en la empresa, la calidad de vida en el trabajo, el aprendizaje permanente o la Sociedad de la Información
Temas: management
País de residencia: España.
Temo que siga habiendo
alguna organización que nos haga recordar la torpeza de que hablaba
Scott Adams, como también otras muchas con patologías relativamente bien
identificadas a nivel metafórico; pero no me parece —o parecía— que
quepan soluciones universales, salvo las que reclamen mayor dosis de
sentido común. Por cierto, ¿de verdad falla tanto el sentido común?
Diez años atrás, supe de una empresa en que, para incrementar las
ventas, se premiaba a los comerciales por la cantidad de ofertas
presentadas; efectivamente, eso originó una sensible carga adicional de
trabajo para los técnicos, que eran los encargados de formular las
soluciones y estimar los recursos en cada caso. Las ventas no crecieron,
pero las ofertas, a mi modo de ver, iban saliendo menos atractivas
porque se preparaban con poca confianza. Creo que podría haberse
generado un bajón de las ventas por falta, tanto de pensamiento
sistémico, como de sentido común.
Temo, por cierto, que el pensamiento sistémico siga siendo una
asignatura pendiente y que a menudo se incentiven determinadas tareas o
funciones, en perjuicio de otras que también resultan necesarias en las
empresas; si no para el corto plazo, para el medio o largo. Por ejemplo,
tal vez los trabajadores tienden a volcarse con las tareas facturables
cuando ello les procura sobresueldo, y preterir o procrastinar otras que
resultan igualmente necesarias para la prosperidad de la empresa.
Por aquellos finales años 90 en que leí “El principio de Dilbert”,
empecé a interesarme por la salud y la inteligencia de las
organizaciones, y todavía recientemente me publicaron un modesto y breve
texto al respecto. Fruto de este interés, estuve buscando semanas atrás
información en Internet sobre “patologías organizativas”. En esta
búsqueda, como en otras que hago, di con lo que denomino descubrimientos
serendipitosos, y creo oportuno traerles lo que sigue.
“¿Qué modelo de gestión empresarial propone en la actualidad como el más
adecuado para alcanzar el éxito?”, preguntaba Tribuna de Salamanca
(abril, 2008) al “catedrático y empresario” Javier Fernández Aguado, a
quien acabo llegando a menudo cuando despliego búsquedas en Internet, y
cuya oratoria es magnífica. Éste respondía: “...hoy en día muchos están
reconociendo la validez del modelo de dirección por hábitos (DpH), que
vengo implantando en organizaciones de todo el mundo desde hace una
década”.
Llamó mi atención porque, en un libro de la consultora Élogos, yo había
leído tiempo atrás: “Los retos de la DpH son dos: definir cuáles son los
hábitos que convienen a las personas, y mostrar los senderos para
lograrlos. En este sentido estricto, el trabajo consiste en que la
persona conquiste la verdad de sí misma en sus acciones, y,
paralelamente, el bien pleno para sí misma, con su conducta: vivir la
verdad sobre el bien realizado en cada acto, y la realización del bien
subordinado a la verdad sobre su propio ser”. Cuando vi esto por primera
vez, me pareció más un delirio que una abstracción, y así lo confieso
abiertamente; pero si, como se nos dice, funciona en todo el mundo,
habrá que estudiar la DpH más a fondo.
Yo tengo que añadir que tiempo atrás desconfié de este modelo porque el
libro de Élogos lo defendía tras rechazar la Dirección por Objetivos (DpO)
con argumentos de terceros; argumentos que en realidad apuntaban al
taylorismo y no a la muy posterior DpO, detalle que quizá escapó a la
autora, Sandra Díaz. Pero… ¿qué tendrá la DpH, que triunfa en todo el
mundo (aunque de ello no se informa en Internet, caramba)?
Mientras averiguamos el alcance de este nuevo descubrimiento mío
serendipitoso, aportaría al debate de la prosperidad algunos
ingredientes de la receta que hasta ahora venía dando yo por buena:
pensamiento sistémico, gestión del conocimiento y de la innovación,
aprendizaje y desarrollo permanente, percepción de las realidades,
persecución de idóneos objetivos, autoliderazgo de todos (directivos y
trabajadores) en lo posible, énfasis en las competencias informacionales
y conversacionales, calidad de vida (bien entendida) en la empresa...
Quizá, la DpH del “catedrático y empresario” Fernández Aguado englobe
estas cosas, u otras más efectivas.
De momento, Sandra Díaz apuntaba recientemente en la revista
Observatorio RRHH que las principales dimensiones del líder son
perspectiva, equidad, fortaleza y equilibrio (al parecer, como una
versión empresarial de la prudencia, la justicia, la fortaleza y la
templanza); y añadía que “Una estrategia de gobierno por hábitos
pretende que las personas quieran hacer lo que deben hacer de forma
natural, sin que suponga un esfuerzo añadido…”. Parece pensarse que las
personas no van a querer hacer lo que deben hacer, sin un líder que lo
consiga: esto me recuerda aquello de la Teoría X y la Teoría Y de
McGregor...
Bueno, les invito a practicar más el lifelong learning, o lifelong e-learning,
buscando información, porque este aparatito con pantalla, que tantos
sustos nos da, también tiene mucho que mostrarnos en beneficio del
aprendizaje y desarrollo permanente. Gracias por su atención.