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EL CONFLICTO DEL LÍBANO DESDE LOS BARRIOS DE BEIRUT VIVIDO POR UNA COLOMBIANA
- By Edyth Fonseca
- Published 06/3/2008
- Informe Especial
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EL CONFLICTO DEL LÍBANO DESDE LOS BARRIOS DE BEIRUT VIVIDO POR UNA COLOMBIANA
Los hechos de violencia se
desarrollan al interior de los barrios de Beirut, en retaliación por la
decisión del Gobierno de Fuad Siniora de declarar ilegal e
incostitucional la instalación de un sistema de comunicaciones que
favorece la red armada de la milicia chiíta del Hezbollah.
7 de mayo 2008
En la tarde del miércoles, sonidos de ráfagas y granadas alertan sobre
nuevos acontecimientos en Beirut, la tensión e incertidumbre se apoderan
del entorno, sobre todo porque los ruidos provienen de los barrios
mixtos musulmanes situados frente al hotel donde me alojo.
El miedo y la incertidumbre se apoderaron de mi durante horas, en las
cuales se sentían y oían de cerca disparos de metralletas y lanza
roquetas impactando edificios y vehículos cercanos a mi alojamiento, por
suerte la llegada de una tormenta tenaz logro apaciguar hasta la
madrugada a los beligerantes.
Esa noche, durante el fuego cruzado, un policía libanés del FSI es
herido a muerte frente al hotel, cercano de su puesto de trabajo, al
parecer como consecuencia del ataque de un “sniper” -especie de
francotirador-.
Mientras tanto, en el cuarto piso del hotel, un extranjero se libraba de
cinco impactos de proyectil los cuales atravesaron la ventana,
destrozando el aire acondicionado y la pared de su habitación, cuando
permanecía acostado mirando la televisión.
8 de mayo
Varios carro tanques del Ejercito libanés se desplazan por la antigua
vía de la carretera de Damasco, formando una especie de “línea
divisoria” entre los barrios musulmanes y los barrios de mayoría
cristiana (zona donde vivo), hecho que hace recordar a algunos vecinos
la guerra civil de 1975.
Enseguida, una columna de humo aparecida a pocos kilómetros despierta mi
curiosidad, así que me desplazo hasta el sitio y observo de cerca a un
grupo de jóvenes, en su mayoría adolescentes, que portan banderas
amarillas y exhiben su kalashnikov frente en la “barricada” dispuesta
por las fuerzas del orden.
En las calles se observan varios vehículos abandonados con los vidrios
destrozados y neumáticos fustigados por los impactos de las armas.
Decidida a cambiar de ruta, me dirijo al supermercado y al llegar
observo los estantes de comida casi vacíos al tiempo que presencio una
carrera “contrareloj” de los habitantes
De vuelta al hotel, a la altura de una mezquita, una algarabía por parte
de un grupo de hombres, que intentan abrirse paso por la calle
transitada, llama la atención debido a que sobre sus hombros cargan un
ataúd cubierto con una manta color amarilla y sobre ella un sombrero en
forma de cono. En los siguientes minutos el tráfico se paraliza mientras
los transeúntes observamos en silencio el paso fúnebre.
En la tarde la tensión aumenta, sobre todo porque los musulmanes chiítas
han logrado el control territorial.
Así mismo, porque han desalojado a sus vecinos sunitas de sus casas,
colocando candados en las puertas, bajo amenaza de denunciarlos ante el
Hezbollah en caso de que intenten recuperar sus viviendas.
Me pregunto porque el Ejército libanés no impide estos disturbios, pero
no tardo en enterarme que su comandante en jefe , ha decidido, sin
contar con el gobierno, declarar a sus tropas como “actores neutrales”
del conflicto.
9 y 10 de mayo
Los ruidos de las ráfagas se dispersan. Durante estos días las calles
permanecen casi vacías, mientran en los barrios musulmanes y cristianos
reina un absoluto silencio; al interior del hotel se perciben
movimientos de salida de varios clientes que deciden cambiar de
residencia; mientras que el recepcionista libanés asegura, con risa
nerviosa, que todo ha retornado a la normalidad.
11 de mayo
Al medio día, me desplazo en compañía de amigos hacia un restaurante,
teniendo cuidado de no atravesar la “línea divisoria” que ha colocado el
Ejercito, así que la ruta es por el barrio cristiano. Convencidos de que
nos movilizamos por un área tranquila nos percatamos del extraño
comportamiento de grupúsculos de adolescentes ubicados en varias
esquinas que no paran de hablar por sus celulares y radios mientras nos
observan pasar.
En varios controles militares dispuestos en las calles nos damos cuenta
de que hay una cierta camaradería entre los soldados y componentes del
Hezbollah, por cuanto a estos últimos se les permite resguardarse al
interior de los carro tanques militares.
Al restaurante somos los únicos clientes, los meseros se asoman
constantemente por las ventanas, como esperando venir algún suceso,
horas después, tras la cancelación de la cuenta, propietario se apresura
a cerrar el establecimiento.
Durante los días siguientes, las calles continúan casi vacías, los
colegios y universidades cerrados y el comercio sin mayor movimiento,
tan solo el de jóvenes de las milicias ubicados de a dos en pequeñas
motos tipo Vespa que continúan monitoreando las calles; así como a los
fieles camino hacia sus iglesias y mezquitas bajo un total hermetismo.
Irónicamente recuerdo que en meses pasados los amigos libaneses no
paraban de repetir que el único enemigo del país siempre seria Israel y
que estaban seguros que nunca el Hezbollah dirigiría sus armas al
interior de su propio pueblo: los libaneses.

