He aquí las Impresiones de una colombiana que por cosas de la vida se encuentra de paso por Beirut Barrio musulmán: Ras el-Nabeh (Líbano), presenciando, por desventura, el reinicio de un conflicto civil que desde hace treinta anos no ha concluido.

Los hechos de violencia se desarrollan al interior de los barrios de Beirut, en retaliación por la decisión del Gobierno de Fuad Siniora de declarar ilegal e incostitucional la instalación de un sistema de comunicaciones que favorece la red armada de la milicia chiíta del Hezbollah.

7 de mayo 2008

En la tarde del miércoles, sonidos de ráfagas y granadas alertan sobre nuevos acontecimientos en Beirut, la tensión e incertidumbre se apoderan del entorno, sobre todo porque los ruidos provienen de los barrios mixtos musulmanes situados frente al hotel donde me alojo.

El miedo y la incertidumbre se apoderaron de mi durante horas, en las cuales se sentían y oían de cerca disparos de metralletas y lanza roquetas impactando edificios y vehículos cercanos a mi alojamiento, por suerte la llegada de una tormenta tenaz logro apaciguar hasta la madrugada a los beligerantes.

Esa noche, durante el fuego cruzado, un policía libanés del FSI es herido a muerte frente al hotel, cercano de su puesto de trabajo, al parecer como consecuencia del ataque de un “sniper” -especie de francotirador-.

Mientras tanto, en el cuarto piso del hotel, un extranjero se libraba de cinco impactos de proyectil los cuales atravesaron la ventana, destrozando el aire acondicionado y la pared de su habitación, cuando permanecía acostado mirando la televisión.

8 de mayo

Varios carro tanques del Ejercito libanés se desplazan por la antigua vía de la carretera de Damasco, formando una especie de “línea divisoria” entre los barrios musulmanes y los barrios de mayoría cristiana (zona donde vivo), hecho que hace recordar a algunos vecinos la guerra civil de 1975.

Enseguida, una columna de humo aparecida a pocos kilómetros despierta mi curiosidad, así que me desplazo hasta el sitio y observo de cerca a un grupo de jóvenes, en su mayoría adolescentes, que portan banderas amarillas y exhiben su kalashnikov frente en la “barricada” dispuesta por las fuerzas del orden.

En las calles se observan varios vehículos abandonados con los vidrios destrozados y neumáticos fustigados por los impactos de las armas.

Decidida a cambiar de ruta, me dirijo al supermercado y al llegar observo los estantes de comida casi vacíos al tiempo que presencio una carrera “contrareloj” de los habitantes

circunvecinos para aprovisionarse de víveres y así evitar su salida a las calles de Beirut en los próximos días.

De vuelta al hotel, a la altura de una mezquita, una algarabía por parte de un grupo de hombres, que intentan abrirse paso por la calle transitada, llama la atención debido a que sobre sus hombros cargan un ataúd cubierto con una manta color amarilla y sobre ella un sombrero en forma de cono. En los siguientes minutos el tráfico se paraliza mientras los transeúntes observamos en silencio el paso fúnebre.

En la tarde la tensión aumenta, sobre todo porque los musulmanes chiítas han logrado el control territorial.

Así mismo, porque han desalojado a sus vecinos sunitas de sus casas, colocando candados en las puertas, bajo amenaza de denunciarlos ante el Hezbollah en caso de que intenten recuperar sus viviendas.

Me pregunto porque el Ejército libanés no impide estos disturbios, pero no tardo en enterarme que su comandante en jefe , ha decidido, sin contar con el gobierno, declarar a sus tropas como “actores neutrales” del conflicto.

9 y 10 de mayo

Los ruidos de las ráfagas se dispersan. Durante estos días las calles permanecen casi vacías, mientran en los barrios musulmanes y cristianos reina un absoluto silencio; al interior del hotel se perciben movimientos de salida de varios clientes que deciden cambiar de residencia; mientras que el recepcionista libanés asegura, con risa nerviosa, que todo ha retornado a la normalidad.

11 de mayo

Al medio día, me desplazo en compañía de amigos hacia un restaurante, teniendo cuidado de no atravesar la “línea divisoria” que ha colocado el Ejercito, así que la ruta es por el barrio cristiano. Convencidos de que nos movilizamos por un área tranquila nos percatamos del extraño comportamiento de grupúsculos de adolescentes ubicados en varias esquinas que no paran de hablar por sus celulares y radios mientras nos observan pasar.
En varios controles militares dispuestos en las calles nos damos cuenta de que hay una cierta camaradería entre los soldados y componentes del Hezbollah, por cuanto a estos últimos se les permite resguardarse al interior de los carro tanques militares.

Al restaurante somos los únicos clientes, los meseros se asoman constantemente por las ventanas, como esperando venir algún suceso, horas después, tras la cancelación de la cuenta, propietario se apresura a cerrar el establecimiento.

Durante los días siguientes, las calles continúan casi vacías, los colegios y universidades cerrados y el comercio sin mayor movimiento, tan solo el de jóvenes de las milicias ubicados de a dos en pequeñas motos tipo Vespa que continúan monitoreando las calles; así como a los fieles camino hacia sus iglesias y mezquitas bajo un total hermetismo.

Irónicamente recuerdo que en meses pasados los amigos libaneses no paraban de repetir que el único enemigo del país siempre seria Israel y que estaban seguros que nunca el Hezbollah dirigiría sus armas al interior de su propio pueblo: los libaneses.