Profesor de Estrategia en el programa de posgrado de Marketing de la Universidad de San Andrés.Consultor de empresas, Director de Phi-Sigma Estrategia y Finanzas.
La cadena Starbucks cuenta hoy
en día con más de 13.000 locales alrededor del mundo, y su preciado café se
puede disfrutar en lugares tan obvios como los miles de shopping malls
distribuidos a lo largo y a lo ancho del territorio norteamericano, así como
en otras impredecibles y atrevidas localizaciones, como la mismísima París.
Prácticamente no hay profesor de marketing que no mencione el caso Starbucks
para ilustrar el ejemplo de cómo una buena idea, combinada con un
inteligente planteo empresarial, puede llegar a convertirse en un éxito
comercial sin precedentes.
Por eso, cuando el pasado mes de febrero su presidente, Howard Schultz,
escribió un memo "confidencial" dirigido al CEO de su compañía, expresando
su preocupación por lo que él entendía como un peligroso proceso de "comoditización"
de la marca, el pánico se apoderó de los fanáticos del espresso macchiato.
El memo se filtró al mercado y todo el mundo empezó a preguntarse qué era lo
que estaba pasando con la "otra emblemática firma de Seattle". No tenemos
lugar aquí para reproducir el memo en su totalidad, pero hay un par de
párrafos que vale la pena destacar porque nos llevan de lleno a la
consideración de las causas y al diagnóstico del problema que enfrenta
Starbucks.
He aquí los párrafos más salientes e interesantes del memorándum:
“En los últimos diez años, para poder alcanzar el crecimiento, desarrollo y
escala necesarias para ir de menos de 1000 locales a más de 13.000, hemos
tomado algunas decisiones que, en retrospectiva, han llevado a la dilución
de la experiencia Starbucks, y lo que algunos llamarían la comoditización de
la marca”
“Muchas de esas decisiones eran probablemente acertadas en su momento, y en
sí mismas no podrían haber creado la dilución de la experiencia; pero en
este caso, la suma ha sido mucho más grande, y desafortunadamente más
dañina, que cada una de sus partes”.
El memo continúa dando algunos ejemplos de decisiones que si bien mejoraron
los resultados de la firma en el corto plazo, terminaron por comprometer su
futuro, como por ejemplo el reemplazo de las tradicionales máquinas para
preparar café expreso por otras automáticas, o la pérdida de aroma en los
locales cuando comenzaron a utilizar café empaquetado al vacío ante la
necesidad de llegar con producto fresco a todos los rincones del planeta
donde la marca estuviera presente.
Quienes hayan leído algunas de mis notas anteriores, seguramente recordarán
mis comentarios acerca del plan de expansión de Zara y el riesgo de dilución
de importantes recursos intangibles que esto podía significar.
El caso de Starbucks nos muestra otro ejemplo del mismo fenómeno, aunque
aquí ya no se trata de una especulación académica sino de una realidad.
Cada vez que tomamos decisiones estratégicas ignorando cuáles son los
recursos involucrados y la forma en que estos interactúan, asumimos enormes
riesgos, y si bien es cierto que a ningún CEO le pagan para que tenga una
vida placentera, tampoco es cuestión de asumir cualquier tipo de riesgo, y
menos aún aquellos que son evitables.
A 50 años desde que Jay Forrester introdujera por primera vez lo que hoy
conocemos como Dinámica de Sistemas, y con ello la posibilidad de diseñar
modelos y simuladores para testear todo tipo de decisiones estratégicas, es
sorprendente encontrar a grandes empresas que aún basen sus decisiones en la
intuición de sus visionarios líderes o, lo que es peor, en la miopía de un
grupo de recortadores de gastos.