Profesor del Programa Ejecutivo en Negociación y Manejo del Conflicto de ESADE Business School
"Pero, Obdulio", le contesté, "sé que no consumís sustancias ilegales. ¿A qué se
deben semejantes variaciones en tu performance creativa?"
Él replicó: "No sé, hay veces que me la creo... Me siento un genio y me voy
embalando con tanta fe que todo lo que se me ocurre parece tener más sentido y
finalmente termina teniéndolo".
"Eso me recuerda", le dije, "a un caso que me contaron de una escuela. A una
maestra le dijeron que dos de sus alumnos eran superdotados. Por desgracia, en
el medio en que se encontraban, no podían aflorar y exhibían un rendimiento por
debajo del promedio. Pero, en el fondo, ambos eran brillantes".
"Desde aquel momento", proseguí, "la maestra les prestó más atención e intentó
comprenderlos. Así, los dos niños terminaron el año con un desempeño
sobresaliente. Mucho después, se supo que el dato sobre los coeficientes
intelectuales se refería a un par de niños de otro colegio".
"¡El estímulo los sacó adelante!", exclamó Obdulio.
Este es un ejemplo ideal para introducirnos en la conocida (aunque no siempre
bien aplicada) técnica del Brain Storming ("lluvia de ideas" o "tormenta de
ideas").
Solemos pensar en el talento de la gente como principal factor de la calidad de
su ideas, restando importancia al entorno y el momento.
Pero tengamos en cuenta aquella célebre máxima de José Ortega y Gasset: "Yo soy
yo y mi circunstancia".
Precisamente, el Brain Storming apunta a crear un ambiente propio para la
creatividad, separando la creación de ideas del momento de su evaluación.
Veamos las reglas básicas:
1) Una vez planteado el problema, asunto u objetivo, los
participantes proponen libremente ideas sin que el resto las evalúe, critique o
descalifique.
2) Todas las ideas se anotan a la vista.
3) Está permitido usar una idea de otro como inspiración para
las propias, agregando o modificando algo.
4) Pasado un cierto tiempo (que se estipula antes de empezar),
finaliza la etapa de creación y se analizan las ideas con actitud racional y
crítica a fin de elegir las que nos parecen viables. Luego, se las selecciona y
se traza un plan de acción.
Las ventajas del método
La evaluación y la crítica inhiben la creatividad. Si sé que me van a juzgar,
trato de limitar el desarrollo de mis ideas a lo que creo que los otros
aprobarán. Por lo tanto, no exploro fuera del camino generalmente aceptado.
Por lo tanto, suspender el juicio sobre las ideas que se dicen y anotarlas todas
alienta a los presentes a decir cosas que, de otro modo, hubieran reprimido.
En el Brain Storming, la calidad se obtiene a través de la cantidad. Los
participantes deben proponer la mayor cantidad posible de ideas.
Seguramente, desde el análisis racional posterior, la mayoría resultará
inviable. Sin embargo, es posible que alguna propuesta, a priori imposible, con
la colaboración de otros, se transforme en la punta de una madeja hacia una
innovación valiosa y aplicable.
Los riesgos
El error más frecuente consiste en no cumplir estrictamente con las reglas del
Brain Storming.
Algunos no pueden controlar el impulso de mostrar su inteligencia mediante una
crítica sistemática de las ideas de los otros.
A estos se los llama "pisabrotes". Cualquier árbol empieza como una débil
brizna. Si se la pisa a su nacimiento, nunca se sabrá qué tan alto podría haber
sido.
Análogamente, al principio es difícil distinguir entre buenas y malas ideas. Por
eso, hay que dejar que se desarrollen y no pisarlas antes de tiempo.
El "efecto cucaracha"
En un próximo artículo en MATERIABIZ sugeriré algunas formas de animar la
creatividad de los participantes para potenciar los resultados de la lluvia de
ideas.
Por ahora, los dejo con una anécdota de García Marquez, uno de los autores más
creativos de nuestra época.
Siendo muy joven, García Márquez estaba leyendo "La Metamorfosis" de Kafka
(aquella historia donde el personaje central se transforma en cucaracha).
Gabo bajó el libro y exclamó: "¡Ah, no! ¡Si esto vale, yo también puedo
escribir!"
Kafka acababa de abrir su horizonte y ampliar los límites de su campo de
creación. A eso, García Marquez le sumó ocho horas diarias de intenso trabajo.
Pero el esfuerzo no hubiera dado el mismo fruto sin la libertad.