Catedrático de la Universidad CEU-San Pablo
El buen rumbo de la economía latinoamericana se debe, en parte, al fuerte
crecimiento mundial y a la abultada demanda, en los mercados internacionales, de
materias primas que produce la región (con su consiguiente alza en los precios).
Sin embargo, el comportamiento promedio de la región oculta una gran
heterogeneidad, tanto entre los países como dentro de los mismos.
Específicamente, el entorno internacional ha tenido efectos muy positivos en los
países exportadores de recursos naturales con alta demanda, especialmente en
América del Sur.
En efecto, las exportaciones latinoamericanas se debieron, en gran medida, al
robusto crecimiento económico en los Estados Unidos y la demanda de materias
primas en países asiáticos como China e India.
No obstante, se observa que muchos países de América Latina están buscando un
patrón de especialización más diversificado que supone un mayor contenido de
tecnología. Esta nueva estrategia está partiendo de las actuales ventajas
comparativas con el fin de diversificar la estructura productiva.
Por tanto, es a partir de esas ventajas comparativas, asociadas tanto a la
abundancia de recursos naturales (productos primarios y turismo) como al bajo
costo laboral y también a la proximidad al mercado de Estados Unidos para la
exportación de manufacturas, donde la región está construyendo sus ventajas a
mediano plazo.
En este contexto, cobra especial relevancia la posibilidad de utilizar parte de
los recursos provenientes de los altos precios de los productos primarios para
apoyar la generación de encadenamientos que aumenten el contenido de valor
agregado de los productos de exportación y para fortalecer el proceso de
innovación.
América Latina debe seguir desplazándose hacia productos de más valor agregado.
Llama la atención que un país como Costa Rica, en 1985 los productos agrícolas o
derivados representaban 67 por ciento de las exportaciones, mientras los
embarques eléctricos y electrónicos, apenas alcanzaban el 3 por ciento.
En 2006, en Costa Rica, las exportaciones de productos agrícolas o asimilados
representaban 31 por ciento del total, mientras que las de material de punta
médico, eléctricas y electrónicas llegaron al 38 por ciento.
En 2006, por primera vez, las inversiones de las multinacionales brasileñas en
el extranjero (26.000 millones de dólares) superaron las realizadas por las
empresas extranjeras en el país (18.000 millones).
Estamos asistiendo, por tanto, a un cambio de primer nivel en el mundo
empresarial internacional. Cada vez más, las empresas latinoamericanas adquieren
un carácter transnacional. Esto, a su vez, permite un impulso mayor a la
innovación (que, como es sabido, es un factor fundamental para que la región se
desarrolle).
Si países como China o India están modificando su patrón de crecimiento, también
América Latina puede transformarse en un proveedor de productos tecnológicamente
avanzados.
Existen, sin embargo, frenos a este desarrollo. En 2006 (y parece que también en
2007) los inversores extranjeros han estado muy indecisos a la hora de invertir
sus capitales en América Latina, debido, en parte, al populismo que impregna
cada vez más a la región.
El gobierno argentino, por ejemplo, lleva tiempo introduciendo una política
subrepticia de control de precios sobre los alimentos y servicios públicos para
taponar la presión inflacionaria.
Estas intervenciones distorsionan los incentivos del mercado, generan
corrupción, distribuyen inadecuadamente los recursos e introducen un fuerte
elemento de imprevisibilidad en las empresas. En este mismo sentido, el control
de los medios de comunicación y las nacionalizaciones en Bolivia y en Venezuela
tampoco son buenas noticias.
En definitiva, seguirán buenos tiempos para América Latina. Pero, para continuar
por la senda del crecimiento y de la innovación, hace falta generar mayor
credibilidad y estabilidad política y económica.