Director, Center for Advanced Finance IE Business School.
Permítanme que nostálgicamente me sienta como si fuese 1989 (cuando era un
adolescente algo alocado) o 2000 (cuando era un estudiante de postgrado que
deseaba poder seguir siguiendo un adolescente algo alocado).
En aquellos días, al igual que hoy, inversiones que aparecían como
indudablemente "cool" de repente se transformaron en una ruta hacia la miseria.
Los activos que había que poseer como fuese (bonos basura y puntocoms,
respectivamente) se convirtieron en una trampa mortal para muchos de aquellos
que ciegamente obedecieron a los dictados de la moda. Al intentar
desesperadamente ser parte de la gente "cool", esos inversores acabaron pagando
un precio muy alto.
Los hedge funds y los derivados de crédito simbolizan las inversiones de moda
que resultaron (parcialmente) desastrosas en nuestros días. Pero eran imposibles
de evitar para aquellos que no quisiesen ser señalados como atrasados y fuera de
onda.
En los últimos años, el ambiente reinante parece haber sido uno de exaltación
gloriosa de aquellos con suficiente visión como para trasladar millones hacia
los fondos y estructuras financieras cada vez más complejas, y de ridiculización
sin límites de aquellos que inexcusablemente no abrazaron las nuevas tendencias.
Una situación no muy diferente a los días de los bonos basura y las puntocom.
Al igual que una jovencita es publicitada a no sentirse "cool" si no compra en
Zara o Prada, los inversores han sido publicitados a sentirse desesperadamente
fuera de onda salvo que tuviesen posiciones en hedge funds y CDOs.
La genialidad más reciente de la industria financiera ha sido convencer a los
fondos de pensiones, gestores de carteras, compañías de seguros, fondos
soberanos, fondos de universidades, patrimonios privados, e incluso pequeños
inversores de que no invertir en hedge funds y derivados de crédito supondría
perderse el tren de la popularidad y la abundancia, señalarse a sí mismos como
alguien sin la sabiduría y el valor suficientes como para aferrarse a una
oportunidad única.
Por supuesto, a veces el éxito en una campaña de marketing acaba causando
penurias, tanto a los consumidores como, paradójicamente, a los propios
vendedores. Aquellos que pusieron excesiva fe en el evangelio de los bonos
basura de Michael Milken o en las posibilidades de vender comida para animales a
través de Internet probablemente acabaron poco satisfechos.
Y se puede argumentar que aquellos que publicitaban los bonos de alto
rendimiento y las puntocom pagaron por su rebosante entusiasmo (y exitosa
capacidad de engatusamiento), dado que la insaciable demanda generada llevó a un
deterioro sin freno en la calidad de la oferta, lo cual indudablemente facilitó
el desastre eventual.
Muchos de los inversores en busca de la moda de nuestros días probablemente
sienten que ellos también sucumbieron demasiado fácilmente y demasiado
intensivamente a los cantos de sirena provenientes de los hedge funds y los
dealers de derivados de crédito.
Ahora bien, ¿cuál es el escenario futuro?
Un cierto rechazo hacia estas inversiones alternativas es de esperar en el
futuro cercano. Los hedge funds y los CDOs ya no serán tan "cool". Pero, al
contrario que los bonos basura de los '80 y las puntocom de los '90, no es
probable un baño de sangre indiscriminado.
Lejos de estar aproximándose a su extinción, los hedge funds y los derivados de
crédito continuarán siendo parte establecida del paisaje financiero. ¿Por qué?
Sencillamente, porque son inventos bastante útiles que juegan un papel, en
conjunto, positivo.
Si la burbuja de los bonos basura ayudó a que bucaneros enloquecidos apalancasen
a las compañías hacia el desastre (y la burbuja de Internet ayudó a que
"negocios" inservibles les quitasen los ahorros a las abuelitas) la última moda
de inversión ha generado un legado más bienvenido.
Al popularizar los hedge funds y los derivados de crédito (haciéndolos más
aceptables) la coyuntura actual ha aportado valor. Los primeros han inyectado
liquidez al mercado. Los segundos han abierto la posibilidad de distribuir
eficientemente los riesgos prestatarios de los bancos. Así, ambos son
desarrollos extremadamente beneficiosos para la economía en general.
Los últimos años serán recordados como una época en la cual, de nuevo, la
industria financiera tuvo un éxito extraordinario a la hora de hipnotizar a los
inversores hacia los activos "cool", muchos de los cuales inevitablemente
acabaron mal.
Pero en esta ocasión, la historia contiene una clarificación crucial: los
productos publicitados son, de hecho, invenciones altamente útiles.