Ph.D., profesor de INCAE, consultor en finanzas, gobierno corporativo y empresas
familiares. Su investigación ha sido publicada en libros, revistas académicas y
de divulgación en América Latina, Estados Unidos y Europa, recibiendo premios
internacionales.
Sin embargo, si aceptamos la idea de que es necesario diversificar, ¿es lo mismo
invertir todo el tiempo el 50 por ciento en acciones y 50 por ciento en bonos
(estrategia balanceada), que invertirlo todo en acciones la mitad del tiempo y
cambiarlo a bonos el resto (estrategia de cambio)?
En principio, ambas estrategias parecieran equivalentes: al final del día, el
portafolio estuvo invertido la mitad del tiempo en cada tipo de título. De
hecho, la rentabilidad esperada de ambas estrategias es la misma. Sin embargo,
si nos importa el riesgo no deberíamos ser indiferentes.
Definiendo el riesgo como la variabilidad del retorno esperado (la desviación
estándar en términos estadísticos), resulta que ésta es mucho mayor cuando se
invierte todo el portafolio en acciones la mitad del tiempo.
Por lo tanto, una persona adversa al riesgo (como lo somos el promedio de la
población) preferiría diversificar el portafolio todo el tiempo siguiendo la
estrategia balanceada.
La vieja máxima de la abuela es útil para explicar esta elección.
En la estrategia balanceada, dividimos los huevos en dos canastas. Así, si algo
ocurriera a una de ellas, todavía tendríamos la mitad de los huevos.
En la estrategia de cambio, tenemos dos canastas, pero colocamos todos los
huevos en una sola canasta la mitad del tiempo, y luego movemos todos los huevos
a la otra canasta por el resto del período. Entonces, si la canasta donde
tenemos los huevos se rompe, nos quedamos sin nada. Por esta sencilla razón, la
segunda estrategia es más riesgosa.
El trabajo de William Sharpe (uno de los precursores del Capital Asset Pricing
Model) nos ofrece un excelente marco de análisis para comparar estrategias
financieras. De hecho, el índice que lleva su apellido sugiere que uno debe
preferir la estrategia que le proporcione una mayor rentabilidad por unidad de
riesgo.
Formalmente, el retorno en exceso se mide como la diferencia entre la
rentabilidad esperada de la estrategia en cuestión menos el retorno de un activo
libre de riesgo. El riesgo, por su parte, se mide como la desviación estándar
del retorno esperado. De esta forma, el índice de Sharpe se calcula dividiendo
el retorno en exceso sobre la desviación estándar.
Supongamos que el retorno esperado tanto de la estrategia balanceada como de la
estrategia de cambio es 11,76 por ciento, y que el retorno libre de riesgo sea
un 5 por ciento. La desviación estándar de la estrategia balanceada es de 6,32
por ciento, mientras que la de la estrategia de cambio es un 10,95 por ciento.
Entonces el índice de Sharpe para la estrategia balanceada sería de (11.76% -
5%)/6.32% = 1.07, mientras que para la estrategia de cambio sería de 0.62. Por
tanto, la primera estrategia es preferida sobre la segunda.
La situación sería diferente si tuviéramos cierta habilidad para predecir qué
canasta se va a romper y cuándo. En este caso, podríamos obtener un mayor
retorno al invertir en los títulos más riesgosos, y movernos a aquellos más
seguros en anticipación de un evento negativo. Si bien el riesgo de la
estrategia es mayor, el mejor retorno puede ser suficiente para compensar por
este hecho.
Por lo tanto, el interrogante que debemos plantearnos es: ¿cuánto más alto
tendría que ser el retorno para justificar el riesgo incremental asumido?
Según los números del ejemplo anterior, necesitaríamos al menos un retorno extra
de cinco por ciento para justificar el mayor riesgo asumido.
Este es el problema con las estrategias de inversión que intentan anticipar los
cambios en el mercado: el mayor riesgo asumido no siempre es justificado por el
retorno adicional generado.
Ahora bien, si mantuviéramos la mayoría de nuestro portafolio en una estrategia
balanceada y colocáramos el resto en una estrategia de cambio, sería mucho más
sencillo generar retornos adicionales que justifiquen el riesgo incremental, ya
que el incremento en la variabilidad no sería tan alto.
Por eso muchas estrategias modernas de inversión predican diversificar una buena
parte de nuestra cartera de inversiones, y al mismo tiempo especular un poco con
el remanente.
Obviamente, el monto de la apuesta depende del perfil de riesgo del
inversionista. Por lo tanto, cualquier estrategia individual de inversión
debería partir de una planificación financiera personal detallada.