“En el instante presente están el pasado y el futuro. El futuro es inventable, no inevitable y se construye con lo que hacemos hoy” Enrique Mariscal (Jardinería humana).

Una frase es mucho más que un conjunto de palabras, sobre todo si es expresada en una jornada de capacitación. Si queremos agregar un condimento más, podemos decir que se trataba de la primera reunión referida a auto-liderazgo y auto-gestión de un grupo de 22 hombres y una mujer.

No se hizo esperar la respuesta en desacuerdo sobre esta frase. A partir de allí el taller tendría que haber dejado que el mismo grupo fuera armando su propio recorrido. Cómo defendemos nuestras ideas en un ambiente masculino, en donde la competitividad está a flor de piel de cada asistente. ¿Cómo competimos? ¿Qué buscamos en la competencia? ¿Contra quién competimos? ¿Qué se nos juega en la competencia?

Mi tarea hubiera tenido que focalizarse en coordinar el debate. Se trataba de la frase que nos proponía el desafío de inventar nuestro futuro; la invitación a ejercer el protagonismo de nuestras vidas (el tema central del encuentro). No apareció una justificación sostenida en una profunda fe religiosa.

Nos hemos acostumbrado a creer (la cultura social ha influido mucho en esto) que, en nuestras vidas, todo está condicionado a lo que otros desean, dicen o hacen. Esto es como dejar que el futuro venga y se instale en nuestras vidas y nosotros, sumisamente, le damos la bienvenida. Está bueno si esto lo firmamos como una decisión propia y no como algo inevitable. Al menos, por el tiempo que dure nuestra elección, la aceptamos como válida y nos hacemos cargo de la misma. En el momento de estampar nuestra firma estamos inventando nuestro futuro, justamente con lo estamos haciendo.

Si conscientemente decido declinar mis elecciones a las decisiones de algún otro, no se producirá ningún desequilibrio en el sistema en el que actúo ni en mí mismo. Acepto esto como un comportamiento normal y solo espero que esos otros que deciden por mi lo hagan y allí estaré yo para ejecutar, sin chistar, las acciones involucradas en esas decisiones y a soportar estoicamente las consecuencias de esas decisiones. Ojo que no dejo de ser responsable de la decisión adoptada. ¿Se entiende?

Ante este tipo de disparadores suelen surgir posiciones extremas. No retaceamos el uso de nuestros recursos para “ganar” la pulseada de tener la razón (¿existe la razón?). Hasta queremos ganar en esto de ser sumisos y obedientes- Por la reacción del grupo ante mi defensa de las palabras de Mariscal, se evidenciaba que de obedientes no tenían nada, cosa que me alegró.

El grupo mostraba falta de reconocimiento a la autoridad. No es para menos, era quien tenía el control del futuro de ellos. La autoridad no está personificada por algún directivo de la empresa. Podemos simbolizarla en la ley.

No contamos con una significación clara al respecto y de allí que lo dicho no es aceptado. Esto no significa que no se produzca la obediencia a regañadientes. Más o menos nos pasa a todos en diferentes aspectos de nuestra

vida. ¿O no?

En este rol de ley podemos incluir a padres, jefes, autoridades de gobierno, etc.
No se trataba de un grupo muy diferente a cualquier otro grupo. En este, sí, era notoria la participación de muchos hombres, lo que exacerba la competitividad (enfrentamiento) frente al deber ser. Incluso, se disparó la competencia interna aunque los competidores sostenían lo mismo usando diferentes argumentos o palabras (¿Qué escucho cuando escucho?).

Al tiempo de haber efectuado la capacitación me puse a pensar sobre cuál había sido mi reacción ante este perfil mostrado por el grupo. Uno como facilitador tiene que ir logrando los huecos para ir sembrando alguna duda que provoque la reflexión en algunos de los asistentes. Algunas de estas semillas, luego, con el tiempo, sabemos que germinan.

Sin duda, a mi se me disparó mi propia posición frente a la autoridad, sobre todo la que muestra cierta rigidez y un sesgo de autoritarismo. Comencé a utilizar un lenguaje provocador, insolente. Sentía desgano y falta de entusiasmo. Me dediqué a bombardearlos con más disparadores hasta cumplir con el programa, que dicho sea de paso había sido prolijamente detallado previamente a la realización de la jornada. Entré, de cabeza, en una competitividad malsana. Se logró una estupenda contra transferencia que terminó activando mi propio autoritarismo.

Por algunos comentarios recibidos no me cabe duda que terminé “siendo el padre” de muchos de los asistentes. Esto se evidencia en la crítica normal que provoca lo que “el padre dice o hace”. Recuerdo que otro de los disparadores era la aceptación de los límites propios y lo saludable de aprender a decir NO. ¿Qué nos pasa cuando nos ponen límites? ¿Qué sentimos cuando tenemos que poner límites a otros?

En la sociedad, un sector critica al gobierno por tal o cual medida y el gobierno se queja de la posición adoptada por el sector quejoso. Existe la instancia legal, esa que nos asegura igualdad de tratamiento, la que nos cobija, nos ordena. Al no utilizar a la ley, todo termina siendo inconducente y provocador de un gasto energético brutal. En este caso, como decía una de las filminas utilizadas, la resistencia y la resignación “aseguran” que nada cambie.

Lo que sucedió con este grupo confirma mi hipótesis de trabajo. Una jornada de encuentro para conversar sobre liderazgo personal requiere la flexibilidad del programa y de mucha atención para detectar aquellos temas que pueden ir tejiendo la trama temática del encuentro.

Ojala que este grupo no pierda la oportunidad de profundizar el trabajo sobre este tema, ya que les daría a cada integrante la posibilidad de ir adentrándose en el proceso de aprendizaje, es decir: descubrir lo nuevo. No lo nuevo que alguien viene a decirles, sino lo nuevo que hay en ellos y aún no lo han descubierto. A la empresa le vendría muy bien que sus integrantes se sientan protagonistas y no meros espectadores de la actividad de la organización, que está dirigida por otros, a quienes hay que obedecer y en definitiva son los que cargarán con las culpas si las cosas no salen bien.

Generalmente este tipo de reuniones disparan situaciones latentes. En los asistentes y en mí mismo. Este grupo me ha ayudado a descubrir aspectos míos que estaban allí y que aún no los había podido ver o creía que ya los había visto lo suficiente. Craso error Conti, nunca se aprende lo suficiente. Siempre hay algo nuevo por descubrir.