Alí era un joven y brillante ingeniero en sistemas. Su impecable Currículum ostentaba un excelente promedio en la Universidad y un doctorado en el MIT. Sin embargo, cuando regresó a su Francia natal, ni una sola empresa le concedió una entrevista laboral. ¿Su origen musulmán le estaba jugando en contra?

Ella estaba plenamente capacitada para el puesto. Se había preparado toda su vida para aquel momento. Universidad, doctorado, 15 años de experiencia en la compañía... Sin embargo, fue su compañero quien se quedó con el puesto de CEO. ¿Acaso los accionistas creían que los negocios son asuntos de hombres?

La discriminación es un fenómeno muy presente en la vida corporativa. ¿Está su empresa libre de ella?

Para responder a esta pregunta, es necesario establecer un "test de discriminación". Y las herramientas econométricas pueden ser una gran ayuda para plantearlo. En principio, ¿cuáles son lo factores por los que puede ser discriminada una persona?

Sexo, religión, educación, años de experiencia en el trabajo actual, experiencias anteriores, estado civil, edad, número de hijos, etc. Es decir, la existencia de discriminación no puede evaluarse por una sola dimensión, sino que se debe observarse a cada individuo con todas sus características. En este esquema, la evidencia de diferencias entre grupos sociales es una señal contundente de la existencia de discriminación.

Robert Flanagan de la Universidad de Stanford por un lado y Mary Corcoran y Greg Duncan de la Universidad

de Michigan desarrollaron modelos econométricos para medir la diferencia de los salarios entre profesionales blancos y negros en los Estados Unidos entre 1960 y 1990. Incluyeron variables como educación, entrenamiento, experiencia, rotación laboral, salud y estado civil. Los resultados de los estudios demostraron que entre dos individuos con características personales similares, el profesional blanco ganaba entre un 20% y un 50% más que su colega negro.

Por otro lado, el ratio salarial de las mujeres en relación a los hombres a fines de los noventa en Estados Unidos era aproximadamente de 60%. En base a sus técnicas econométricas, Corcoran y Duncan encontraron que las características personales (léase, idoneidad) explicaban sólo la mitad de la brecha salarial. El resto se debía a la discriminación. Por otra parte, Ronald Oaxaca de la Universidad de Arizona, encontró que la diferencia salarial estaba explicada en un 9% por el hecho que a las mujeres no les dan las mismas oportunidades que a los hombres de ocupar cargos de responsabilidad.

Las diferencias salariales o de participación en puestos de responsabilidad en organizaciones, por sexo, color o religión son fenómenos repetidos en nuestra sociedad. Felizmente, la discriminación está empezando a discutirse dentro de las empresas, en las cortes y en los medios de comunicación. En la medida que estos debates se profundicen, será necesario emplear las herramientas de medición a nuestro alcance como un instrumento más en la difícil tarea de distinguir los actos de discriminación de las diferencias por idoneidad. Sólo así podrá legislarse y controlarse adecuadamente este tipo de casos.

Ahora los invito nuevamente a releer las dos historias presentadas más arriba y volver a preguntarnos, ¿estamos frente a casos de discriminación?