Esto me lo escribió, como
despedida, una empresaria. Teniendo claro que el romanticismo no tiene
cabida en los
Al iniciar el
El supuesto objetivo que esta empresaria tenía estaba muy borroso,
aunque sonaba grandilocuente. En el desorden que había no tenía nada
claro, aunque fuimos dibujando algún número que le permitiera dejar de
perder. Buscamos un punto de equilibrio entre ingresos (basados en la
Acordamos un plan de trabajo de 6 meses (ambicioso teniendo en cuenta la
situación). La primera medida, lamentablemente, fue la de reducir
drásticamente al personal que tenía en relación de dependencia y
contratado (las indemnizaciones fueron aportadas por el marido). Se
ofrecían servicios deficitarios que dejaron de ofrecerse y se focalizó
la oferta a los servicios que resultaban el core business (lo esencial)
de su negocio. La dispersión era sorprendente.
Al cierre del primer mes el resultado fue de una pérdida de u$s 4 mil,
que según mi cálculo, descontando unas compras para stock y algún
crédito impositivo el número era u$s 2 mil. Nunca logré que ella
(asesorada por su marido los fines de semana) reconociera que la pérdida
no era que ella decía. Tampoco pude lograr una mínima cuota de esperanza
frente al desborde en el que estaba 30 días antes. Esto recién
comenzaba…
En el segundo mes trabajamos sobre los precios y los costos de algunos
de los servicios ofrecidos. Algunos daban una pérdida operativa
importante y esos eran, justamente, los que se vendían. Fue necesario
mover
Al finalizar este segundo mes, estaba alegre ya que mis números eran
positivos y contemplaban, además, un retiro de u$s 3,3 mil para la dueña
(esta cifra era la que ella misma había fijado). La alegría duró poco ya
que en nuestra primera reunión del mes me dijo: “seamos realistas este
sueldo no es el que merezco”. Su marido sostenía que una
Invité a mi clienta a que intentara reconocer que u$s 3,3 mil generando
utilidad es mucho más que nada, generando pérdida. Ella estaba
empecinada en ver el vaso medio vacío. Cuando le comenté esta metáfora
ella sostuvo que yo no la comprendía. Le contesté: “La comprendo, ahora
trate de reconocer mi mirada, la del vaso medio lleno”. Las dos son
válidas, aunque nos posicionan de acá para delante de una manera
diferente. Decidió no hacer el esfuerzo, vaya uno a saber por qué, para
ampliar su propia mirada, que en definitiva era la que resultaba
definitoria en su negocio. Muchas veces, pulseamos contra otros aunque
el resultado sea continuar insatisfechos.
Cambiar de lugar para mirar lo que venimos mirando no es cosa tan
En el tercer mes comenzamos a concentrar el trabajo en los
procedimientos utilizados para ofrecer los servicios de los que la
empresa generaba sus ingresos. Todo estaba entreverado. Nada resultaba
simple. Se revisaron costos, precios y se evaluaron algunos toques en la
operatoria comercial que dependía básicamente de las ventas efectuadas
por la dueña (mi clienta). Hubo una mayor racionalización, aunque
costaba poner límites a la expansión ansiosa que mostraba esta
empresaria exitosa profesionalmente (tenía clientes), aunque fallaba a
la hora de funcionar como empresaria. Eran comunes las ventas
compulsivas de servicios que no generaban utilidades. La cuestión pasaba
por vender sin importar mucho qué y cómo.
La empresa mostraba el síndrome: no puedo decir no, o cuando lo digo, lo
digo fuera de lugar y de tiempo y jamás reviso lo dicho… A veces tenemos
esta mala costumbre de no revisar lo dicho y/o hecho y allí nos perdemos
la oportunidad de avivarnos de algo que estamos haciendo que puede ser
sutil, pero muy importante a la hora de los resultados.
Llegábamos al final del tercer mes con una utilidad más importante que
la del mes anterior, con la estructura medianamente acomodada y sin el
miedo al despido. Habíamos logrado un buen clima
Al comenzar la última semana, la dueña, en nuestra reunión semanal, me
comentó que seguía sin estar conforme. Volvió a reiterar que su sueldo
no era el real que ella debería cobrar y que no podía continuar con el
trabajo al que ella se empecinaba, por decisión propia, en llamar de “coaching”.
Este tercer mes de trabajo generaba alrededor de u$s 3,5 mil de utilidad
(18% sobre ventas) además de su retiro. Su mirada continuaba puesta en
que su empresa seguía sin funcionar y que mi presencia no aportaba
beneficios. Me servía su insatisfacción, de manera muy prolija, en una
bandeja para que me empachara con ella. No tenía apetito, los años me
vacunaron contra esto, así que no la toqué… Quedó toda para ella. A lo
mejor así podía producirse la caída de alguna ficha y darse cuenta que
se estaba pasando de vueltas. Muchas veces, cuando forzamos algún límite
“lógico” caemos en la cuenta que resulta “ilógico” seguir sosteniendo
ciertos supuestos.
En alguna otra oportunidad mi ego se podría haber sentido rechazado y no
reconocido. Esta vez lo tomé con más naturalidad aunque con enojo, ya
que se atentaba contra un trabajo que había resultado muy laborioso e
integral y que cuando llegaba la hora de cosechar me quedaba afuera.
Esbocé que se podía continuar un tiempo más, quedó en pensarlo y su
decisión desembocó en las palabras del
¿Qué película estará viendo esta empresaria? ¿Cómo se siente con su
vida? ¿Qué busca con su empresa? ¿Quiere que le vaya bien? Muchas fueron
las preguntas que me vinieron a la mente, pero no las hice. El trabajo
se había terminado.
Lo que me pareció una verdadera pena es que se terminó mi trabajo y no
tuve oportunidad de despedirme personalmente de la gente a la que alenté
para que creyera en el proyecto de levantar a la empresa. Esto fue el
motivo central de mi enojo y creo que el más importante error en el cayó
mi clienta. Además del no reconocimiento a mí, hubo un total
desconocimiento a la gente con la que contaba y que había creído en
ella. ¿Qué le pasa con el reconocimiento a sí misma? ¿Se dará cuenta que
la gente no es un objeto? ¿Se sentirá objeto de alguien? ¿Qué sentirá
cuando desconoce a sus colaboradores? ¿Creerá que tiene el
En la consultoría organizacional decimos que es muy importante que
saquemos provecho del proceso y que no estemos tan pendientes del
resultado. Estar pendientes del orgasmo nos roba la delicia del
encuentro amoroso. En los negocios (y en la vida) pasa algo similar,
sobre todo cuando no podemos reconocer desde donde partimos para llegar
a donde llegamos. Es evidente que ambos, mi clienta y yo, estábamos
viendo películas diferentes y no logramos
Como excusa poco original (todos apelamos algún día a ella) el día que
me decía adiós me expuso que había pensado que su objetivo, a partir de
ahora, sería algo menor del que ella tenía tres meses atrás. Una buena
“estrategia” para achicar la brecha o recorrido, pero ella no lo puede
ver así y es cierto que tampoco se lo expuse. Creí que no valía la pena
hacerlo ya que su actitud demostraba mucho enojo conmigo. Me acordé de
la fábula de la zorra y las uvas. Muchas veces apelé a esto de achicar
el recorrido proponiéndome metas “más humildes”.
Para despedirme se tenía que enojar. ¿A quién le hablaría?
No podía conversar amablemente sobre el final del trabajo que estábamos
haciendo. Su protocolo (modelo mental) marcaba que era necesario el
enojo. ¿Qué la enojaba tanto? ¿Qué papel cumple el enojo en su vida? ¿Se
dará cuenta que ese enojo evidencia una gran violencia reprimida? Sin
detenerme mucho en el análisis pude comprobar el por qué mucha gente que
había trabajado con ella anteriormente se había ido muy disgustada y
había iniciado reclamos judiciales.
Es bueno acercarse al enojo que sentimos, tratando de no justificarlo ni
condenarlo, mirándolo lo más objetivamente posible. Ese enojo que nos
separa del otro y que no nos permite recepcionar lo que el otro nos
dice. Se corta el diálogo, no hay reflexión y marche preso caballero. El
enojo se hace un festín y el
En una de las reuniones que
habíamos mantenido con la gente hablamos sobre el amor por lo que
hacíamos y por nosotros mismos. Hablamos de estar atentos de lo que nos
disparaban algunas circunstancias que vivíamos ya que nuestra mente nos
juega alguna que otra trampa para que nos mantengamos en donde estamos y
que no se nos ocurra la idea de cambiar. Terminamos reaccionando y no
eligiendo lo que haremos. Nos perdemos la libertad de elegir.
Claro que para esto hace falta autocrítica y poder reconocer quiénes
somos y qué sentimos. ¿Qué nos decimos a nosotros mismos? ¿Cómo
construimos nuestros encadenamientos lógicos? ¿Cómo recabamos la
información con la que tomamos decisiones? ¿Cómo ha sido nuestro
recorrido de vida para llegar hasta donde estamos? ¿Qué pensamientos son
los que nos dominan? ¿Qué pensamos sobre lo que hacemos y lo que
deberíamos ser? ¿Qué queremos alcanzar y con qué contamos para ello?
Claro, todo esto, vuelvo a repetir que no se lo pude expresar porque mi
clienta estaba enojada y me despidió con un frío mail. Además, esto no
se logra en tres meses. Supongo que si a ella le interesa descubrir algo
de todo esto contratará a algún coach y, si está dispuesta, lo revisará.
Siempre se aprende. Más
Cuando miramos los números como algo definitorio y concreto, es posible
que no tengamos en cuenta que en realidad son símbolos y que muchas
veces pueden resultar mentirosos. Lo interesante es permitirse sentir lo
que el proceso nos aporta. El caos se había transformado en orden al que
aún había que seguir encauzando. Habíamos llegado a un estado que era
parte de un proceso que nos llevaría a otros estados, aún desconocidos.
Creo que ella creyó que ya estaba todo hecho y que no le venía nada mal
ahorrarse los honorarios de los meses siguientes.
No será la última vez que un cliente se muestra insatisfecho ante mi
accionar. Como el trabajo se terminó nunca le pude decir que disfruté
mucho mi relación con ella, aunque entre nosotros, intuyo que esto tiene
algo que ver con su enojo. Vaya uno a saber lo que ella entiende por