Cuidado con el liderazgo, cuidemos el compromiso
- By Jose Enebral Fernandez
- Published 10/8/2008
- Liderazgo
- Unrated
Jose Enebral Fernandez
Consultor de Management y Recursos Humanos, el ingeniero madrileño José Enebral colabora desde hace años con diferentes medios impresos españoles y americanos (Capital Humano, Training & Development Digest, Nueva Empresa, Learning Review, Coaching Magazine...). Pronuncia además frecuentes conferencias en diferentes países, abordando temas como la intuición en la empresa, la calidad de vida en el trabajo, el aprendizaje permanente o la Sociedad de la Información
Temas: management
País de residencia: España.
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Recientemente, me decía un
trabajador de pyme que le gustaría involucrarse más, comprometerse más,
que desearía contribuir en mayor medida a la prosperidad de su empresa
(en la que llevaba poco tiempo), pero que su jefe, uno de los dueños, no
le dejaba; que le ocultaba información, quizá para neutralizar sus
sugerencias y críticas; que le restringía información, quizá para no
desvelar lo mal que se estaban haciendo las cosas; que parecía temer sus
opiniones e iniciativas, justamente por atinadas. Este comentario me
llegó al mismo tiempo que la lectura de algunos artículos sobre el
compromiso de directivos y trabajadores, y me animó a reflexionar.
Cuando en la empresa hablamos de la contribución de cada persona a los
resultados colectivos, surgen términos como la responsabilidad, la
motivación, la inteligencia, la competencia, el talento, la diligencia
y, entre otros más, el compromiso. Estamos ante conceptos complejos e
interrelacionados que hemos de interpretar con rigor; en estos párrafos
nos detendremos, sí, en el último citado: el compromiso. Mediante el
compromiso, que apunta a nuestra voluntad, generamos una obligación
intrínseca que es preciso identificar bien, y someter a un análisis de
reciprocidad.
He observado que algunos de nuestros expertos nacionales, los
pertenecientes al club de los autodenominados top ten ―quizá una especie
de oficioso establishment nacional del management― vienen hablando y
escribiendo con frecuencia sobre el compromiso, y no debe ser gratuito;
se trata ciertamente de un tema del que hay mucho que decir. Yo mismo,
con cierto atrevimiento, me ocupé del tema en 2002. Entonces recordaba
que, como
Dentro del
• El espíritu de comunidad.
• La responsabilidad.
• La proactividad.
• El afán de superación.
El espíritu de comunidad suponía someterse a las reglas de convivencia,
compartir los objetivos comunes y subordinar los intereses propios a los
colectivos; suponía también una actitud de colaboración con los demás,
compartiendo tareas y conocimientos. Con la responsabilidad, me refería
a comportamientos caracterizados por la lealtad, la autodisciplina, la
integridad y la coherencia. Con la proactividad, apuntaba a la
iniciativa, la diligencia, el optimismo, la perseverancia y la
anticipación. Finalmente, identificaba yo el afán de superación, para
recordar que el compromiso nos mueve al
Una revisión del compromiso
Leí, por ejemplo, con
atención un artículo reciente del prestigioso experto José Aguilar
López. Me interesó porque destacaba el carácter estable del compromiso y
porque decía cosas como: “Demandan y generan compromiso los proyectos
que, a su vez, se comprometen: con su
No parece que deba hablarse del compromiso sin dejar claro con qué nos
comprometemos. Podemos considerar que lo hacemos con los intereses
colectivos, con las metas empresariales, con la prosperidad de la
organización: a ello nos movería la profesionalidad, ya fuéramos
directivos o fuéramos trabajadores expertos. Pero también cabe pensar
que una empresa contrate personas para misiones especiales, para que
obedezcan a un jefe, para que desarrollen una determinada tarea, por un
tiempo limitado..., sin exigir un compromiso organizacional. Quizá no
podríamos esperar mucho más que competencia y sumisión, si percibiéramos
a los trabajadores como meros empelados, subordinados, recursos,
seguidores, colaboradores… Otra cosa sería verles y tratarles, en su
caso, como profesionales, como capital humano, lo que parece una demanda
de la economía del conocimiento y la innovación.
Ciertamente, hay empresas (y jefes) que buscan en sus
Se diría que en el pasado el compromiso, tal como lo entendemos, venía
marcando la frontera entre el “nosotros” y el “ellos” en las
organizaciones, es decir, entre directivos y trabajadores; pero quizá
hoy debamos pensar en un compromiso extensible a todas las personas, en
una empresa de individuos comprometidos, en un colectivo alineado (y no
alienado) y sinérgico tras objetivos de prosperidad. La división de las
personas, lejos de lo de líderes y seguidores, podría formularse de otro
modo: profesionales de la gestión y profesionales en sus respectivos
Naturalmente, el grado de compromiso puede ser diferente en cada
persona, y así caben expresiones como las siguientes, de menor a mayor:
1. “Me pagan, vengo todos los días y hago mi trabajo”.
2. “Me gustan mis compañeros y mi
3. “Me surgen oportunidades de aprender y desarrollarme.
4. “Me parece un proyecto estimulante y celebro formar parte de él”.
5. “Asumo convencido responsabilidades colectivas tras los resultados.
De los trabajadores de hace cincuenta años no se esperaba siempre que se
identificaran con la empresa, pero ya en las décadas finales del siglo
XX iba pareciendo deseable que esa idea estuviera presente tanto en
directivos como en trabajadores: formar parte del proyecto de empresa.
De modo que, aun limitándonos cada uno al nivel de responsabilidad del
puesto ocupado en la organización, además de entregar tiempo, atención,
intención y hasta algo de intuición-corazón, algunas (quizá no todas)
empresas esperan hoy que alineemos nuestras metas con las suyas, y que
alcancemos nuestra realización profesional contribuyendo a la
colectividad. A este compromiso organizacional ―niveles 4 (trabajadores)
y 5 (directivos) señalados―, ya estudiado entre otros expertos por
Meyer, Allen, Baker, Mathieu o Zajac, nos referimos como óptimo.
Pero nadie se sentiría muy comprometido si hubiera de limitarse a
obedecer, o si, por ejemplo, observara conductas corruptas en los
ejecutivos: pensaría que, más que compromiso, se le pide complicidad.
Hemos conocido ciertamente el enriquecimiento desmedido de algunos
primeros ejecutivos mientras sus empresas se empobrecían muy
visiblemente. El propio Peter Drucker destacaba en uno de sus últimos
libros la descarada codicia de los ejecutivos de nuestro tiempo.
Más sobre el compromisoo
Podemos ver el compromiso
como una fortaleza del carácter que, como otras —el afán de aprender, la
amplitud de miras, la creatividad, la integridad, la prudencia, la
diligencia y algunas más—, apunta a la voluntad para decidir nuestra
actuación o postura ante un escenario que la demanda. Decidimos
comprometernos, o no hacerlo; y cuando nos comprometemos, nuestros
esfuerzos se orientan, nuestros intereses se subordinan y nuestra
conducta se modula. Hay personas más dispuestas a comprometerse que
otras, y al hacerlo no limitan su libertad sino que la manifiestan.
Al consultar “La práctica de la inteligencia emocional”, de Daniel
Goleman, leemos: “La esencia del compromiso consiste en sintonizar
nuestros objetivos con las metas de la organización, generando así un
compromiso fuertemente emocional...”. Y también: “Quienes estiman y
abrazan las metas de una organización no sólo pueden efectuar un gran
esfuerzo en nombre de ella, sino que también están dispuestos a realizar
sacrificios personales cuando sea necesario”. Y todavía más: “Las
empresas u organizaciones que carecen de una misión explícita y
claramente formulada, o cuyas declaraciones al respecto son meras
artimañas de relaciones públicas, brindan muy pocas oportunidades al
compromiso”.
Insistiendo en que el compromiso auténtico de que venimos hablando nace
del vínculo emocional, Goleman nos recuerda que unas mismas
circunstancias adversas pueden ser vividas con cierta desesperación,
como onerosas y estresantes, por los no comprometidos, mientras que las
personas comprometidas, que se crecen ante presiones y desafíos, las
pueden
Es evidente que todos los días hay obligaciones que atendemos sin frío
ni calor, pero he recurrido a Goleman porque se viene ciertamente
apelando a la dimensión emocional del compromiso: al alineamiento de las
personas con las metas y valores de la organización. La repetida idea de
la “visión compartida” (shared vision) —una de las disciplinas de que
nos hablaba Peter Senge— no es sino una expresión más de este vínculo
emocional. No se trata de acatar los objetivos de futuro, sino de
asumirlos y compartirlos: tal es el compromiso que parecen demandarnos
las denominadas organizaciones inteligentes.
Uno puede contraer esta obligación máxima desde los límites de su
responsabilidad, o bien puede simplemente “cumplir” con su trabajo. Esta
última es, desde luego, la opción natural de quienes se sienten
preteridos o desconectados de las decisiones que les afectan, de quienes
contemplan preocupados comportamientos corruptos de sus superiores, de
quienes se saben víctimas de un próximo recorte de plantilla, de quienes
perciben el cinismo subyacente en la comunicación interna...; pero lo
ideal es que no haya nada de esto, y que, más allá de “cumplir”,
contribuyamos decididamente a unas metas colectivas profesionalmente
atractivas..
Podrá pensarse, si el lector se detiene en reflexiones paralelas, que la
demanda generalizada de compromiso emocional no es coherente con las
distancias excesivas entre el “nosotros” y el “ellos”, por no hablar de
lo de los supuestos líderes y los supuestos seguidores; que tampoco es
coherente con los despidos masivos o con los contratos temporales; que
tampoco es coherente con el espectáculo de los CEO mercenarios que se
enriquecen para sí y para toda su descendencia mientras sus empresas se
van a pique; que es asimismo incoherente con la fuga de altos directivos
para ser mejor pagados por la competencia; que a menudo las metas
formuladas lo son para la galería mientras los auténticos propósitos de
la empresa son otros... Eso me parece a mí. Sin duda es saludable y
enriquecedor lo de vivir comprometido intrínsecamente con alguna meta,
tanto en lo profesional como en lo personal, pero hemos de ser cautos y
perspicaces al otorgar nuestra confianza y adhesión, y Adoptar las metas
que se nos proponen.
Nuestra voluntad
A comprometernos de la
forma a que nos referimos nadie nos puede obligar, como tampoco dejamos
que nos obliguen a casarnos o tener hijos. Clarence Francis, que fue
asesor del presidente Eisenhower, decía: “Uno puede
Los psicólogos hablan del “afán propio”, o del “tema vital”, para
referirse a aquello a lo que una persona enfoca su voluntad por encima
de todo, y a los medios que para ello emplea. En la literatura del
management se habla de designio particular, de purpose. Nos lo dice
Robert K. Cooper: “El designio es la brújula interior de nuestra vida y
nuestro trabajo”. Si nuestro propósito en la vida sintoniza, o convive
en armonía, con los objetivos y estrategias de nuestra empresa, estamos
más cerca de la eficacia y la satisfacción perseguidas. Para los
directivos el purpose es fundamental, y si no lo tienen muy definido
habrían de adoptar uno que entronque en la visión o misión de la empresa
a que contribuyen. Ya saben lo del médico: según se mire, su misión es
recetar, o, más eficaz y enriquecedoramente, contribuir a la calidad de
vida de sus pacientes y de su entorno.
Las personas que poseen un afán de esta
Claro, algún lector pensará, por una parte, que hay metas y “metas”, y
por otra que toda esta teoría se adultera en la vida real, y que a veces
lo que decide la voluntad es aparentar el compromiso y esperar varias
cosas: una buena subida de sueldo, una rápida ascensión y la consecución
de poder (quizá para utilizarlo en beneficio propio)... Sin descartar
que, una vez en la cima, el
A qué nos comprometemos
Don Julio parecía mostrarse orgulloso no sólo de haber alcanzado
exitosamente su objetivo, sino del trabajo realizado para ello; no
hablaba de resultados económicos sino de logros profesionales, y esto
parece lo más frecuente en el sector vitivinícola, no solamente en
Sin embargo, también encontré reportajes y declaraciones (año 2004) de
ejecutivos de unas conocidas bodegas (Bodegas Vinartis, con vinos de
mesa como Cumbres de Gredos y otros de alta calidad como Pata Negra, por
entonces presididas por don Miguel Canalejo, conocido financiero), que
me resultaron inusuales: “El vino español tiene un problema de
competitividad en el exterior: las Denominaciones de Origen” (Expansión,
en junio); “El objetivo es incrementar las ventas en 2004 y obtener un
ebitda de 15 millones, un 17,1% más” (Expansión, en junio); “El ebitda
estimado para 2004 asciende a 14,5 millones, lo que supone una subida
del 20,8%” (Cinco Días, en diciembre); “Cumbres de Gredos prepara su
desembarco en la denominación Rioja” (Estrategia empresarial, en
diciembre); “El año que viene nos reforzaremos con la compra de bodegas
en Rioja y Ribera del Duero” (Expansión, en junio); “Cumbres de Gredos
prepara su desembarco en el mercado de EEUU” (Cinco Días, en diciembre).
Se trataba del sector del vino, pero las intenciones parecían distintas.
Hay ciertamente empresarios, directivos y profesionales que intentan
alcanzar la mayor calidad y competitividad de sus productos o servicios
(ganando dinero como consecuencia), y otros que se orientan sobre todo a
los parámetros financieros, es decir, a generar beneficios con la
actividad profesional, vivida ésta como medio; ello con todas las
posibilidades intermedias y sin menoscabo de la legitimidad. (Sería
quizá una digresión que nos detuviéramos ahora en recordar que don
Miguel tuvo que vender Vinartis en 2007, a un
Lo anterior me sirve para sugerir que quizá un buen profesional prefiera
desplegar su compromiso en una empresa más autotélica (las del primer
tipo), más que en una empresa exotélica, orientada sobre todo a las
cifras; pero no debemos descartar que haya también buenos profesionales
técnicos en empresas de perfil exotélico, como los hubo en ITT en los
tiempos de Geneen (permitan que recurra aquí a mi experiencia personal
en ITT, donde yo era un modesto empleado en los años 70, pero pude
convivir con magníficos profesionales españoles, en el Centro de
Investigación de Madrid: recuerdo a Rafael Burriel, por ejemplo).
Compartimos —hemos dicho— las metas “profesionales” de la organización,
y ello nos mueve a trabajar para el corto y el largo plazo. Cuando
conducimos nuestro automóvil en la carretera, atendemos a nuestro
entorno próximo pero no perdemos de vista el horizonte, ni olvidamos el
Tan saludable parece esta manera de trabajar, que la formulación y
asunción de objetivos se extendió también a los trabajadores, en no
pocas grandes empresas, en los años 80 y 90. Temo que la cosa no
funcionara bien —es conocida la frecuente adulteración del
La Dirección desempeña ciertamente un papel fundamental en la
consolidación del compromiso de las personas; puede alentarlo, pero
también puede bloquearlo o sofocarlo, con mayor o menor conciencia de
ello. Al hilo de esto, el propio Tom Peters señala que la
Materialización del compromisoo
Insistiría en la necesaria reciprocidad del compromiso, de modo que si la empresa nos considerara un mero coste inevitable, cuidaremos de ajustarnos; pero sigamos imaginando el mejor escenario: la organización inteligente. Así las cosas, la mejor relación de compromiso catalizaría conductas como las siguientes:
• Desarrollar con
diligencia y esmero nuestras tareas.
• Asegurar su contribución a resultados colectivos.
• Neutralizar cualquier circunstancia o evento que ponga en riesgo las
metas.
• Guiar, en su caso, la actuación de nuestros colaboradores.
• Asegurar el alineamiento de éstos con las metas comunes.
• Seguir las reglas y métodos establecidos para la convivencia
profesional.
• Subordinar intereses propios a los colectivos.
• Cultivar los valores corporativos.
• Colaborar con los demás.
• Ejercer crítica constructiva, inteligentemente formulada.
• Hacer fluir la información y conocimientos de que disponemos.
• Ser leales, íntegros y coherentes.
• Ser preactivos o proactivos, lejos de la reactividad o la inactividad.
• Conjugar la percepción de la realidad con el optimismo.
• Perseverar ante las dificultades.
• Superarnos a nosotros mismos cada día.
• Perseguir la mejora continua y la innovación.
• Representar dignamente a nuestra organización ante terceros.
• Equilibrar la relación personal con la ejecución de tareas.
• Contribuir a la calidad de vida en el trabajo.
El lector puede completar esta lista porque la he improvisado con las 20
primeras ideas surgidas: la dejo abierta. Son, por decirlo así, algunos
indicadores del compromiso. Si quisiéramos medir el compromiso de las
personas, habría que observar conductas como las anteriores y comprobar
su autenticidad.
Pérdida del compromiso
Con lo ya comentado sobre
el compromiso organizacional, podemos convenir en que se hace sólido por
la catálisis de elementos como la confianza, el alineamiento con las
metas, el progreso hacia ellas, las relaciones internas, la cohesión y
coherencia de la comunidad, la satisfacción general, la ética y justicia
reinante, el reconocimiento interno, el prestigio social de la
organización, etc. Y podemos igualmente convenir en que se perdería al
debilitarse sus fundamentos; de esto hablaremos ahora. En verdad, puede
haber dudas hasta que decidimos comprometernos en plenitud, pero, en su
caso, el descompromiso podría ser bastante automático, llegado el caso.
Nuestro compromiso se puede desvanecer por razones endógenas y exógenas;
entre estas últimas, podemos destacar algunas quizá más frecuentes:
• La corrupción de los ejecutivos.
• La desviación de las metas
• La pérdida de vigencia de las mismas.
• La falta de transparencia de la organización.
• El fracaso en los resultados.
• El sentimiento de ser preterido, excluido o subestimado.
• El desacuerdo con las tácticas o los métodos.
Las razones endógenas para romper los compromisos son igualmente
importantes, pero pueden variar más de unas personas a otras. Me he
detenido en esto de la fragilidad del compromiso porque creo que las
organizaciones tienen más problemas para mantenerlo en sus personas, que
para conseguirlo inicialmente. De todos modos, hay que insistir en que
no todos los compromisos lo son realmente: o sea, en que también cabría
hablar de falsos compromisos o compromisos extrínsecos.
Claro —no sé si esta reflexión encaja aquí, o debería haberla hecho
antes—, yo querría detenerme en que quizá resulte difícil esperar o
mantener el compromiso de aquellos a quienes visiblemente veamos como
meros recursos, empleados, colaboradores, seguidores o subordinados, y
de quienes sólo busquemos obediencia sin reparos. Lo digo porque de
algunos de nuestros top ten (el aparente establishment de que les
hablaba) salen pensamientos como éstos: “un buen directivo-líder es
aquel que sabe obtener los mejor de sus colaboradores”; “un buen
directivo-líder es aquel que consigue que los subordinados obedezcan
convencidos y contentos”, “un buen directivo-líder no pretenderá que un
empleado lo obedezca por temor o por una recompensa —como lo haría un
gestor—, sino motivado por el valor real de la acción”, “liderazgo y
coaching vienen a ser lo mismo”…
Si éste es el modelo mental que guía la concepción de
Reflexión final
Ya sabemos que unas
empresas parecen más preocupadas por el deseable bienestar social que
otras, y que, de estas últimas, algunas persiguen el beneficio económico
aunque sea precisamente a costa de aquel bienestar. Aquí les insistiría
yo en la analogía del automóvil: creo que una empresa puede liderar el
mercado de la Telecomunicación, el mercado del e-learning, u otro
mercado, si lleva la mirada más lejos, a horizontes más amplios; pero si
se queda en perseguir el liderato, quizá resulte más complicado
alcanzarlo. Ante obsesiones de crecimiento desmedido, una empresa
podría, por ejemplo, empezar a considerar válido el sobornar a quienes
toman decisiones de compra, porque eso la aproximaría a la meta...
Habrá quien piense que en los
Uno cree que la prosperidad de las organizaciones pasa por la
efectividad tras metas de interés social, por la calidad de vida en el
trabajo y, en suma, por la opción del círculo virtuoso, lejos del
vicioso caracterizado por la entropía psíquica, la tensión nerviosa, el
Para terminar, si tienen la fortuna de pertenecer a una organización que
apunta a la prosperidad y el bien común, no duden en comprometerse; y si
se les presenta la oportunidad de enderezar una empresa en crisis o
malograda, también parece una meta estimulante. Me pareció, en suma, que
éste era un tema para la reflexión y aun para el debate, pero no he
pretendido agotar la primera sino alentar el segundo. Espero haber
logrado alguna dosis de asentimiento por parte del lector, pero anímense
a disentir o a abrir nuevas vías de reflexión. Gracias por su atención.

