Es curioso como ha venido evolucionando el mercado de la distribución de canciones. A ver, vayamos por partes: los músicos siguen componiendo, arreglando y creando sus obras. Buenas, regulares y malas, con todo tipo de ritmos, influencias y un gran y largo etcétera. Ahí ha cambiado la forma (ahora usan computadoras) pero no el fondo (intentar transmitir algún mensaje o sentimiento con una canción). La parte que se ha venido modificando sustancialmente es cómo se le hace llegar esa obra al público en general.

Recuerdo hace varios años, cuando salieron las computadoras “multimedia”, que no era otra cosa que una PC con bocinas y un lector de discos compactos, lo máximo era meter un CD de música tradicional y escucharlo a través del equipo. No tenía mucho sentido, pues generalmente se contaba con un aparato específico para eso, el “estéreo” de la casa o de la oficina. Luego, al poco tiempo, comenzó a surgir el asunto del “MP3”, que en un principio, por lo menos para mí, me pareció sin mucho sentido. Sí, puedo “comprimir” las canciones de un CD, pero, ¿cuándo usaré la máquina para escucharlas? Nunca. Las bocinas eran de bastante mala calidad y en general la experiencia no era buena.

Poco tiempo después surgió el sitio Napster. Al principio casi nadie le hizo caso, ya que se trataba de enviar y recibir (copiar sin permiso) canciones en formato .MP3, que para la época, eran archivos grandes y se tardaban mucho en transmitir (todavía no existía la banda ancha). Con el paso de los meses fue tal el éxito de Napster que, de una forma u otra, vino a comenzar la revolución musical que hoy estamos viviendo todos.

¿Por qué? La gente, usted, yo, comenzamos a “descargar” canciones sin haber pagado por el permiso correspondiente. Aunque aquí el debate es permanente, la teoría dice que si usted compra un disco, se le autoriza a escucharlo y ya, no a compartirlo. Algunos dicen que las canciones se ponen a disposición de los usuarios sin fines de lucro, vaya, es un lío legal, donde al parecer las más afectadas son las casas disqueras. Ellas, es sabido, obtienen buenas ganancias con base en las ventas unitarias de los discos, donde el margen es alto. Los músicos, de las famosas regalías nunca han vivido (sí, los más exitosos tal vez) pero en realidad de donde sacan dinero es de las presentaciones en vivo, que siguen haciendo.

Así las cosas llegó el iPod y todo volvió a cambiar. Con la posibilidad de llevar en un aparatito mil o diez mil canciones, los compradores y usuarios de estos reproductores se apuraron a “llenarlos”. No necesariamente de canciones pagadas, de hecho, un bajo porcentaje del contenido de cualquier iPod es comprado (en cualquier parte del mundo). La gran mayoría se obtiene de sitios de red que permiten, todavía, descargar canciones, además de que siempre están los amigos y conocidos que “contribuyen” a la biblioteca personal.

Sin embargo, aunque se tengan 10 mil canciones en un pequeño dispositivo, la regla de Paretto sigue aplicando, el 80 por ciento del tiempo se escucha el 20 por ciento de la colección, dejando al usuario con esa sensación de “quiero más música”. Pero, ¿de dónde se obtiene?

Un movimiento que comenzó a gestarse hace apenas unos pocos años es el de los miles y miles de músicos y bandas independientes que no tienen contrato con disquera alguna. En esa “escena”, como le dicen, existe de todo: excelentes bandas y de plano artistas experimentales que no se escuchan ni ellos mismos. Sin embargo, el común denominador es que Internet es un excelente –y casi gratuito- vehículo de promoción y distribución. Sitios como MySpace son muy populares para dar a conocer estos contenidos, sin embargo, hay que ir a buscarlo.

Lo más reciente en la tendencia de la distribución de música a través de Internet se concentra en sitios como Last.fm. Una especie de estación de radio personalizada, mezclada con los principios de una red social. Uno se registra, sin costo, y puede subir algunas de sus canciones, además de fijar parámetros como la música que le gusta, artistas y ritmos. A partir de ese momento, el software que se descarga en la PC va creando lo que pudieran ser “sus preferencias” y éstas se van compartiendo con los “amigos” que va añadiendo a su lista dentro del sitio.

Aquí el punto es que la música es gratuita. No se paga nada por escucharla. Han existido otros sitios con un servicio parecido, pero han perecido por los recientes cambios en la forma de pagar las regalías… claro, en los Estados Unidos. Mientras son peras o manzanas, hoy puede ingresar a Last.fm y descubrir música que nunca había escuchado, gratis. ¿En el futuro esta será la norma? ¿Encontrarán los anunciantes la forma de ofrecer la música sin costo a cambio de un anuncio? Nada está escrito y todo se puede esperar. Espero sus comentarios en los Foros dentro de www.matuk.com