Javier Matuk
• Líder de opinión en la industria de las tecnologías de información
• Basado en la Ciudad de México: influencia continental
• Primera columna: “Desde el Teclado” en 1989, periódico Excelsior
• Más de 15 años de experiencia
• Fundó, editó y dirigió más de 5 publicaciones de tecnología
• Co-fundador de SPIN-Internet, uno de los primeros proveedores de acceso
• Experto en el mercado de tecnologías de información y telecomunicaciones
• Cubre eventos de tecnología a nivel local y mundial
Productor y co-conductor del programa Dommo, transmitido de lunes a viernes de 20 a 21 horas por la señal de W Radio 96.9FM. Dommo: el siguiente paso en tecnología.
Co-conductor del programa Innovation Week, que se transmite los martes a las 23 horas por la señal de Canal 52 a todo el país y Estados Unidos. Tecnología e informática para empresarios.
Colaborador de la Fórmula Fregoso-Vinocur, martes y jueves a las 13:30horas, con noticias de tecnología en general, enfocadas al segmento de consumidor final.
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Colaborador del canal de Tecnología del portal de Telmex y Microsoft, en donde hace análisis de productos (hands on) y publica contenidos de interés general, siempre abarcando temas de tecnología.
Sitio propio con acervo histórico, Foros de Discusión, donde participan más de 1,000 usuarios registrados en los más diversos temas de tecnología.
Editor del suplemento TECNOLOGIA del diario El Economista, donde publica también la columna Desde el Teclado.
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- By Javier Matuk
- Published 08/27/2007
Es curioso como ha venido
evolucionando el mercado de la distribución de canciones. A ver, vayamos por
partes: los músicos siguen componiendo, arreglando y creando sus obras. Buenas,
regulares y malas, con todo tipo de ritmos, influencias y un gran y largo
etcétera. Ahí ha cambiado la forma (ahora usan computadoras) pero no el fondo
(intentar transmitir algún mensaje o sentimiento con una canción). La parte que
se ha venido modificando sustancialmente es cómo se le hace llegar esa obra al
público en general.
Recuerdo hace varios años,
cuando salieron las computadoras “multimedia”, que no era otra cosa que una PC
con bocinas y un lector de discos compactos, lo máximo era meter un CD de
música tradicional y escucharlo a través del equipo. No tenía mucho sentido,
pues generalmente se contaba con un aparato específico para eso, el “estéreo”
de la casa o de la oficina. Luego, al poco tiempo, comenzó a surgir el asunto
del “MP3”, que en un principio, por lo menos para mí, me pareció sin mucho
sentido. Sí, puedo “comprimir” las canciones de un CD, pero, ¿cuándo usaré la
máquina para escucharlas? Nunca. Las bocinas eran de bastante mala calidad y en
general la experiencia no era buena.
Poco tiempo después surgió el
sitio Napster. Al principio casi nadie le hizo caso, ya que se trataba de
enviar y recibir (copiar sin permiso) canciones en formato .MP3, que para la
época, eran archivos grandes y se tardaban mucho en transmitir (todavía no
existía la banda ancha). Con el paso de los meses fue tal el éxito de Napster
que, de una forma u otra, vino a comenzar la revolución musical que hoy estamos
viviendo todos.
¿Por qué? La gente, usted, yo,
comenzamos a “descargar” canciones sin haber pagado por el permiso
correspondiente. Aunque aquí el debate es permanente, la teoría dice que si
usted compra un disco, se le autoriza a escucharlo y ya, no a compartirlo.
Algunos dicen que las canciones se ponen a disposición de los usuarios sin fines
de lucro, vaya, es un lío legal, donde al parecer las más afectadas son las
casas disqueras. Ellas, es sabido, obtienen buenas ganancias con base en las
ventas unitarias de los discos, donde el margen es alto. Los músicos, de las
famosas regalías nunca han vivido (sí, los más exitosos tal vez) pero en
realidad de donde sacan dinero es de las presentaciones en vivo, que siguen
haciendo.
Así las cosas llegó el iPod y
todo volvió a cambiar. Con la posibilidad de llevar en un aparatito mil o diez
mil canciones, los compradores y usuarios de estos reproductores se apuraron a
“llenarlos”. No necesariamente de canciones pagadas, de hecho, un bajo
porcentaje del contenido de cualquier iPod es comprado (en cualquier parte del
mundo). La gran mayoría se obtiene de sitios de red que permiten, todavía,
descargar canciones, además de que siempre están los amigos y conocidos que
“contribuyen” a la biblioteca personal.
Sin embargo, aunque se tengan 10
mil canciones en un pequeño dispositivo, la regla de Paretto sigue aplicando,
el 80 por ciento del tiempo se escucha el 20 por ciento de la colección,
dejando al usuario con esa sensación de “quiero más música”. Pero, ¿de dónde se
obtiene?
Un movimiento que comenzó a
gestarse hace apenas unos pocos años es el de los miles y miles de músicos y
bandas independientes que no tienen contrato con disquera alguna. En esa
“escena”, como le dicen, existe de todo: excelentes bandas y de plano artistas
experimentales que no se escuchan ni ellos mismos. Sin embargo, el común
denominador es que Internet es un excelente –y casi gratuito- vehículo de
promoción y distribución. Sitios como MySpace son muy populares para dar a
conocer estos contenidos, sin embargo, hay que ir a buscarlo.
Lo más reciente en la tendencia
de la distribución de música a través de Internet se concentra en sitios como
Last.fm. Una especie de estación de radio personalizada, mezclada con los
principios de una red social. Uno se registra, sin costo, y puede subir algunas
de sus canciones, además de fijar parámetros como la música que le gusta,
artistas y ritmos. A partir de ese momento, el software que se descarga en la
PC va creando lo que pudieran ser “sus preferencias” y éstas se van
compartiendo con los “amigos” que va añadiendo a su lista dentro del sitio.
